martes, 23 de febrero de 2010

La bomba que cambió la guerra. Don Teodoro no permitiría que nadie dudara de su valor y responsabilidad

La bomba que cambió la guerra. Don Teodoro no permitiría que nadie dudara de su valor y responsabilidad

Manuel Formoso
Tomado de http://www.nacion.com/ln_ee/2005/noviembre/17/opinion1.html




Este hecho que voy a relatar es absolutamente verídico; sin embargo, ha permanecido por más de 50 años ignorado por razones que se aclararán más adelante.

En los últimos días de marzo de 1948 el presidente de la República, don Teodoro Picado, se mostraba un tanto triste y desilusionado porque todos sus esfuerzos, primero por evitar y, después por detener, la guerra civil que había iniciado don José Figueres, después de que fueron anuladas las elecciones presidenciales, habían fracasado.

Durante el transcurso del día 30 de marzo, después de mucho rumiarlo y haberlo consultado con dos íntimos amigos (don Enrique Guier y don Ramón Madrigal), el Presidente comunicó a sus dos secretarios de Estado en Relaciones Exteriores y en Gobernación, que en el uso de las facultades que le otorgaba la Constitución Política de 1871, había decidido llamar al ejercicio del poder al primer designado (hoy vicepresidente) don Francisco Calderón Guardia, pues quería retirarse en vista del fracaso por lograr la paz.
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/LA NACIÓN

Múltiples implicaciones. El llamamiento de don Paco Calderón tenía muchas implicaciones. Una de las más importantes era que convertía en protagonista del conflicto bélico al inmenso Partido Republicano Nacional y a su carismático jefe, el doctor Calderón Guardia; por razones que aquí no viene al caso exponer más detalladamente, se habían alejado del presidente Picado, que estaba acompañado en esta lucha tan difícil únicamente por el Partido Vanguardia Popular.

Y en verdad parece muy lógico que don Teodoro quisiera proceder así porque la pelea no era con él, sino con el calderonismo que había anulado con sus diputados las elecciones supuestamente ganadas por don Otilio Ulate. Como fácilmente se puede imaginar, la correlación de fuerzas en la lucha armada, que se había iniciado en las montañas de Los Santos, cambiaría muy desfavorablemente para los rebeldes porque, en lugar de un adversario tan débil (un presidente sin partido y casi finalizando el período para el cual fue elegido), se toparían con un líder muy carismático, al frente de un inmenso partido motivado para luchar porque estimaban que las elecciones habían sido fraudulentas y les habían birlado el poder.

En la noche del mencionado día 30 de marzo, los dos secretarios de Estado visitaron a don Paco Calderón y lo impusieron de la gravedad de su misión. A don Francisco Calderón Guardia no le hizo mucha gracia la decisión del Presidente pero, hombre sagaz, no necesitó muchas palabras para comprender las razones que tenía don Teodoro y, como leal amigo, aceptó el cargo sin muchas ilusiones.

Puntería y daños. Al día siguiente, a las 6:15 a. m. exactamente, el audaz piloto Guillermo Núñez Umaña lanzó una bomba de 25 libras sobre la Casa Presidencial, con tan buena puntería que cayó justamente en el centro del inmueble, destinado a jardín interior de la residencia. Los daños materiales fueron graves, pero felizmente no hubo víctimas personales. El hecho causó una gran conmoción en la ciudad de San José y una gran alegría en las filas rebeldes. Igualmente las personalidades más destacadas del país visitaron al Presidente durante todo el día para saludarlo y congratularse de que hubiera salido vivo de tan certero ataque.

Don Teodoro, muy serio, agradeció todas las muestras de cariño recibidas y, por supuesto, no dijo una palabra acerca de su propósito de retirarse del cargo porque estimó que su honor estaba en juego y no permitiría que nadie dudara de su valor y responsabilidad; siguió al frente del Poder Ejecutivo y en pocos días comprendió que la batalla militar estaba perdida. Pidió la intervención del Cuerpo Diplomático para firmar el llamado "Pacto de la Embajada de México", que ponía fin a las hostilidades, trasladaba el poder al tercer designado, don Santos León Herrera, y salvaguardaba la vida y haciendas de los vencidos, y daba tiempo a que los principales actores de este período tan convulso salieran del país.

El testimonio es de uno de los pocos sobrevivientes de esos años, fallecido hace poco, quien conoció de primera mano lo aquí relatado y me lo contó; sus palabras merecen toda mi fe y, por eso, lo publico como un hecho verdadero, que estuvo a punto de cambiar la historia de Costa Rica.

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