jueves, 17 de junio de 2010

El capitalismo es incompatible con el cristianismo

 

Rebelión
El que fuera arzobispo de Pamplona y Tudela y obispo de León hace 30 años, Fernando Sebastián Aguilar, dijo en la presentación de un ciclo de conferencias en León sobre Iglesia-Sociedad, que el socialismo es difícilmente compatible con una conciencia cristiana, con una conciencia católica. Afirmación no sólo equivocada y falsa, sino carente de rigor filosófico, científico y teológico. Lo que es incompatible con una conciencia, pero sobre todo con una práctica, cristiana y católica es el capitalismo.

Una conciencia y práctica católica es incompatible con políticas y procedimientos mediante los que se permite que un número relativamente pequeño de intereses privados de grandes compañías multinacionales controle la economía global con objeto de maximizar sus beneficios particulares.

El cristianismo es incompatible con el “pillaje planetario” mediante el que los grandes grupos saquean el medio ambiente; sacan provecho de las riquezas de la naturaleza que son el bien común de la humanidad. Lo cual se acompaña, como estamos comprobando en la carne y la sangre de los sectores más desfavorecidos, de destrucciones impresionantes: desocupación masiva, subempleo, precariedad, exclusión, sobreexplotación de hombres, mujeres, niños y niñas. Lo cual provoca un agravamiento de las desigualdades.

De hecho, las desigualdades se han agudizado hasta tal punto que se han convertido incluso en escándalo incluso para quienes defienden con ahínco el capitalismo, tratando de argumentar que es algo provisional y que en el futuro esto cambiará. Supuestamente la marea ascendente del libre comercio y la globalización, se nos decía, “elevaría todas las embarcaciones” y acabaría así con la pobreza. Era la teoría del goteo. La riqueza que se acumulara mediante el capitalismo emergente iría destilando “gota a gota” bienestar y auténticas posibilidades a los sectores más empobrecidos.

Pero en el medio siglo transcurrido desde el comienzo de esta embestida del capitalismo global, hay en el mundo más pobreza que nunca y la situación continúa empeorando como vemos a nuestro alrededor. Las ganancias inmensas que acumularon las grandes fortunas en la época de bonanza no están siendo repartidas. Se nos vuelve a pedir a la clase trabajadora que paguemos la crisis generada por los bancos y los capitales financieros especulativos.

El capitalismo genera riqueza, pero sólo para la élite que se beneficia de la oleada de consolidaciones, fusiones, tecnología a gran escala y actividades financieras. La globalización exacerba esta tendencia, enfrentando entre sí a los trabajadores y las trabajadoras de todo el mundo por conseguir las migajas que caen de los manteles bien servidos de las personas enriquecidas: no tenemos más que ver el caso de Grecia. Poco queda de la marea que elevaría todas las embarcaciones; las únicas que han subido de nivel son los yates de “primera clase”.

El problema es que esto no es algo periférico ni colateral al capitalismo, es algo inherente al capitalismo, su misma esencia. El capitalismo está basado en la explotación de unas personas por otras. El objetivo principal del capitalismo es obtener un beneficio cada vez mayor, para absorber a los capitales menores. No puede dejar de crecer para subsistir. Por lo cual, no puede dejar de explotar. Por eso el capitalismo no ha resuelto ni una sola de las grandes cuestiones sociales que planteaba la situación del mundo antes de la hegemonía del capitalismo, es más, la mayoría de las cuestiones sustanciales han empeorado de una forma alarmante y dramática.

La “clase política”, representantes elegidos del pueblo, dicen que su prioridad es el empleo, pero la Bolsa responde con “vivas” y subidas espectaculares cada vez que se anuncian despidos masivos y se hunde cuando parece que se van a dar aumentos salariales. Las cotizaciones en bolsa y los beneficios de los consorcios ascienden en porcentajes de dos dígitos, mientras los salarios y jornales descienden. Al mismo tiempo crece el paro, los “contratos basura”, la precariedad laboral, los salarios miserables, la siniestralidad laboral y la inseguridad social.

Vemos como se borran, con pactos o “decretazos”, derechos sociales conquistados con grandes esfuerzos, y escuchamos con indignación las informaciones impúdicas de los bancos y las grandes compañías del incremento “record” de sus beneficios, cuando, a su vez, más de la mitad de las personas desempleadas no tienen prestaciones económicas, o las pensiones mínimas siguen siendo ridículas.
Esos beneficios empresariales record se envían a los países donde la tasa de impuestos es realmente baja o a los paraísos fiscales. En todo el mundo desciende el porcentaje con que los propietarios de capital y patrimonio contribuyen a la financiación de los gastos del Estado, mientras las grandes corporaciones amenazan con fugas de capital y arrancan así drásticas reducciones de impuestos y subvenciones multimillonarias o infraestructura gratuita.

En definitiva, parece que la globalización neoliberal supone organizar la economía mundial al servicio del beneficio de las grandes corporaciones multinacionales y no de la justicia social. En este modelo neoliberal el capital se ha apropiado de todos los beneficios de la producción mundial, eliminando cualquier atisbo de la idea de participación en los beneficios por parte del trabajo o de la sociedad, como si este proceder fuera algo normal y no un atentado contra la justicia distributiva aplicada a los bienes del mundo y un acto de cínico y absoluto desprecio de la vida y los derechos de miles de millones de personas que sufren carencias básicas.
Apropiación ésta que, para mayor vergüenza social, va acompañada por la ostentación del éxito de los cada vez más abultados ‘resultados’ (beneficios) empresariales anuales y de la “generosa caridad” (interesada, pues desgrava y da “buena imagen”) de sus ‘fundaciones’.

Por eso, cualquier referencia a la utopía neoliberal parece un tanto irónica, sino trágica, en un mundo en el cual, de un total de más de seis billones de seres humanos habitando el planeta, el número de personas que subsisten por debajo de la línea internacional de pobreza ascendía a 1,2 billones en 1987, a un 1,5 billones hoy y, si las recientes tendencias persisten, alcanzarán 1,9 billones en el 2015.

Que el socialismo o el comunismo tal como se ha practicado, ha adolecido de muchos fallos, incluso ha cometido aberraciones, por supuesto. Igual que el cristianismo tal como se ha practicado, y no sólo la Inquisición de memoria nefasta. Pero ambos, cristianismo y comunismo, tienen un fin esencialmente común: construir una sociedad más justa y equitativa para toda la humanidad, no para unos pocos a costa de los demás.

Por eso, como dice Frey Betto “No hay futuro para la humanidad fuera del socialismo, estoy convencido, o sea, compartir los bienes de la tierra y los frutos del trabajo humano. El socialismo es la única manera de crear un marco civilizatorio verdaderamente humano, digno y feliz.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de los autores mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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