domingo, 20 de junio de 2010

José Saramago no ha muerto sus ideales deben inspirar a los movimientos que sueñan por un mundo mejor e inclusivo

Con el corazón en la izquierda

  • "Nosotros tenemos razón, la razón que asiste a quien propone que se construya un mundo mejor antes de que sea demasiado tarde, pero o no sabemos transmitir a los demás lo que es substantivo en nuestras ideas, o chocamos con un muro de desconfianzas, de prejuicios ideológicos o de clase que, si no logran paralizarnos completamente, acaban, en el peor de los casos, por suscitar en muchos de nosotros dudas, perplejidades, esas sí paralizadoras. Si el mundo alguna vez consigue a ser mejor, solo habrá sido por nosotros y con nosotros. Seamos más concientes y estemos orgullosos de nuestro papel en la Historia. Hay casos en que la humildad no es buena consejera. Que se pronuncie alto la palabra Izquierda. Para que se oiga y para que conste"


José Saramago mantuvo un compromiso con muchos movimientos populares. En Chiapas, dio la batalla por los indígenas.



Ninguna causa justa le era ajena a José Saramago; su compromiso siempre estaba con los que menos tienen, con los abandonados y las clases sociales más desprotegidas. Desde esa conciencia moral y ética, al visitar Acteal en 1998, un mes después de la matanza en ese pueblo chiapaneco, ofreció a los indígenas “darles voz para que no se repita esta matanza”.
Saramago fue un narrador cercano a México a través de la amistad y su compromiso con las comunidades indígenas de Chiapas y su cercanía con el subcomandante Marcos y el Ejército Zapatista, de quienes años después se convirtió en severo crítico; así lo hizo con Cuba y Fidel Castro con quien rompió en su totalidad mediante un texto titulado “Hasta aquí he llegado”.
Su prolífica obra, iniciada a edad muy madura, cuando ya rebasaba los 50 años, nunca le impidió transmitir sus ideas políticas, tanto que el crítico literario Julio Ortega no sólo lo define como un gran personaje de la literatura y también de la política mundial: “José Saramago tuvo el corazón en el lugar debido, dio batallas de amor perdidas a favor de los pobres, la democratización y la justicia”, señala el escritor peruano.
Y es que el Premio Nobel de Literatura 1998 es considerado uno de los escritores más originales del siglo XX. Hernán Lara Zavala, su primer editor en México en 1992, con su libro de crónicas El equipaje del viajero, coeditado por la UNAM y la Universidad de Guadalajara, asegura que al escritor portugués muchos lo llamaron “conciencia moral del mundo y un comunista convencido”.
“José Saramago nunca claudicó de sus principios éticos, fue un luchador social, un gran novelista y uno de los más merecidos premios Nobel; eso no evitaba que a veces también tenía algunos desatinos, como sus intereses de orden político en nuestro país, donde empezó a apoyar a Marcos sin conocimiento de causa”, dice Lara Zavala.
Justo, en un comunicado, el presidente de México, Felipe Calderón, lamentó la muerte del escritor portugués y dijo que su obra es “referente indispensable en la literatura universal” y que su fallecimiento “representa una dolorosa pérdida, no sólo para las letras iberoamericanas, sino para el pensamiento humanista contemporáneo”, aseguró.
Un escritor con compromiso social
Al igual que defendió a los ciudadanos secuestrados en Colombia y a los familiares de desaparecidos en Argentina, Saramago mantuvo firme su apoyo a los indígenas de Chiapas tal como recuerda Sealtiel Alatriste, su editor y amigo mexicano, quien acompañó al escritor a Acteal y fue testigo de cómo una representación de indígenas llegó hasta el aeropuerto para despedirlo y externarle su agradecimiento.
Alatriste cuenta que Saramago entró en contacto con el movimiento zapatista mucho antes de la llegada de la Caravana Zapatista que presenció en la Plaza de la Constitución; estuvo en México en un evento organizado por Carlos Fuentes en El Colegio Nacional, un coloquio sobre la Geografía de la novela, donde fue presentado por José María Pérez Gay y en el que habló de su literatura.
“Luego me pidió organizar un viaje a Acteal, fuimos a esa ciudad con Pilar del Río, su mujer, un mes después de la matanza. Todavía vimos a niños que se recuperaban de balacera; recibimos testimonios frescos de los indígenas. Saramago, que no era religioso, asistió a una misa porque se lo pidieron los indígenas y él les ofreció darles voz para que no se repitiera la matanza y para que hubiera justicia”, afirma Alatriste.
Sealtiel Alatriste, actual director de Difusión Cultural de la UNAM, afirma que Saramago nunca hizo una novela para darles voz a los desposeídos, sino que él les da voz con su propia voz.
“Años después, cuando regresó a México para dar una conferencia en Bellas Artes, dijo: ‘hasta aquí la literatura’, y entonces empezó a hablar del EZLN y de por qué lo defendía. Fue un momento importante ese en el que les dio voz a los indígenas, pues esa mañana había recibido las llaves de la ciudad y en la tarde se atrevió a externar sus propias ideas sin ofender a nadie”.
Congruente con las causas justas
“Que no nos hablen de democracia a la vez que el poder está despreciando y humillando a la gente que necesita que respeten sus derechos humanos. Es cierto que sin democracia no hay derechos humanos, pero es igual de cierto que sin derechos humanos no hay democracia. Ahora hagan favor de decirme, ¿en qué estado se encuentran los derechos humanos en el mundo?”, declaró Saramago en 2004, cuando acudió a la Facultad de Derecho de la UNAM a recibir la medalla de oro Isidro Fabela.
Por esa congruencia de pensamiento, el ensayista peruano Julio Ortega dice que Saramago tuvo el corazón en el lugar debido. “Dio batallas de amor perdidas a favor de los pobres, la democratización y la justicia; una por una sus causas fueron proféticas, los hechos le dan hoy mismo la razón. La más grande de esas causas fue por la cultura como bien social, memoria popular y compromiso político con el futuro”, afirma el estudioso.
A Saramago lo unió la lucha y la amistad con México. No sólo tuvo grandes amigos como Cuauhtémoc Cárdenas y José María Pérez Gay, también afinidades con partidos y periódicos de izquierda; en cada visita compartía sus reflexiones en torno a temas como el fracaso, el zapatismo, el poder de Estados Unidos, la comunidad judía y Jesucristo. En su visita de 2003 se reunió con Luis H. Álvarez, coordinador para el diálogo y la negociación en Chiapas.
Ortega no duda en llamarlo escritor en la vida civil “comprometido no solamente con las causas justas, sino con las causas reales y urgentes, con las víctimas de los terremotos de Haití, los desaparecidos de Argentina, y también con causas que son temas de cultura general”.
Después de Saramago ¿qué?
La conciencia social lo acompañó hasta su muerte. Deja inconclusa una novela sobre el tráfico de armas titulada Alabardas, alabardas, espingardas, espingardas, un verso del poeta portugués Gil Vicente, de la que había dicho: “no será sobre el Corán”, pero sí sobre algo “tan importante como todos los libros sagrados del mundo”: la ausencia de huelgas en la industria del armamento.
En un comunicado, su casa editorial, Alfaguara, dijo que trabaja en dos nuevas obras de Saramago: el segundo volumen de El cuaderno, que recoge comentarios de su blog, y el libro Saramago en sus palabras de Fernando Gómez Aguilera, con reflexiones personales, literarias, ideológicas y políticas a partir de declaraciones del autor en la prensa escrita.
En México, la UNAM ya planea un coloquio en homenaje del escritor como parte de la Cátedra Extraordinaria “José Saramago” que se organiza la Facultad de Filosofía y Letras desde 2006. Por lo pronto, el día de hoy, TV UNAM transmitirá la conferencia magistral que José Saramago dictó cuando vino a México la inauguración de ese encuentro que se organiza cada nuevo semestre.

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