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sábado, 4 de octubre de 2014

Una Fundación de un partido personalista que continúa con la ideología neoliberal

Mariachis le dan espalda al PUSC

Se van al nuevo partido de Calderón


La alerta se dio esta semana mediante varios correos entre la cúpula de la Unidad, donde alertan de esta situación. En la comunicación dan cuenta de que dos funcionarios del Republicano se presentaron con un “gran legajo” de renuncias de exmilitantes del PUSC.

Tomado de http://www.diarioextra.com/Dnew/noticiaDetalle/242878

Sábado 04 de Octubre del 2014
Por: Luis Zárate Alvarado
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Al menos 300 mariachis renunciaron al PUSC para irse con el Republicano Socialcristiano, partido que fundaron allegados a Calderón.
Al menos 278 mariachis presentaron su renuncia al Partido Unidad Social Cristiana (PUSC) para aparentemente sumarse a las filas del Republicano Socialcristiano, nueva divisa política afín al expresidente Rafael Ángel Calderón Fournier.

La alerta se dio esta semana mediante varios correos entre la cúpula de la Unidad, donde alertan de esta situación. En la comunicación dan cuenta de que dos funcionarios del Republicano se presentaron con un “gran legajo” de renuncias de exmilitantes del PUSC.

Para tratar de cuantificar el impacto se dan a la tarea de confeccionar un documento donde se detallan los nombres y apellidos de las personas que renunciaron, además del cantón y provincia a la que pertenecen. 

En Alajuela se fueron 145 mariachis, 43 en Guanacaste, 9 en Heredia, 80 en Puntarenas y 1 en Limón. Sobresale el caso de la Provincia de los Mangos, donde el Republicano Socialcristiano está debidamente inscrito para participar en los comicios municipales del 2016. 

NO LOS CONOCE


Rodolfo Piza, excandidato presidencial y secretario general del PUSC, dijo que no conoce a quienes dejaron la Unidad y especuló que quizás se trate de algunas personas que en su momento participaron en asambleas distritales.

Esta desbandada de rojiazules no preocupa a Piza, pues “el partido tiene decenas de miles de simpatizantes, a la vez que se nos incorporan miles de costarricenses”. 

“Me parece legítimo que todas las partes se sientan cómodas dentro de sus partidos. Yo no quisiera tener a nadie que no esté convencido de los valores socialcristianos que ha defendido el PUSC”, agregó.

¿Está dando pelea Calderón? “Desde la campaña electoral dijo que iba a hacer un nuevo partido, yo lo respeto mucho, me parece que es una decisión que tenemos que respetar.

Estamos en la tarea de reconstrucción del PUSC y es una tarea muy intensa, con miras al congreso ideológico para el 2015. Cada día se suma más gente y también habría algunos que no están a gustos”, finalizó. 

1 COMENTARIOS

  • Néstor Corrales/ 04-10-2014
    Pueden formar hasta veinte partidos, que de nada les va a valer. Lo.que fue la Unidad Social Cristiana pasó a la historia. Ya la gente no cree en esta agrupación política. Sus fundadores pisotearon los principios ideológicos socialcristianos. Les inteteso más el interés personal que el bien común. Hicieron de la sana política um medio para robar y saquear las arcas del Estado.


jueves, 30 de septiembre de 2010

El Viejo Cuartel de Cartago. LA ÚLTIMA RESISTENCIA DEL CALDERONISMO YA ES MUSEO

El mito cuenta que durante la guerra del 48, los calderonistas se ubicaron en el cuartel como el último sitio de resistencia contra las fuerzas figueristas. Ahí, resistieron a la artillería figuerista que desde el San Luis Gonzaga y las ruinas los bombardeaban. Casi sin armas su consigna fue resistir. Ya cuando los figueristas habían impuesto sus condiciones al débil presidente Teodoro Picado Michalski, este imploró a las fuerzas calderonistas que se rindieran. Sólo ese llamado los obligó a deponer las armas.




Muchos de los soldados debieron soportar la represión ulatista de “los compren, nos les hablen ni les vendan” así como la persecución laboral. Muchos debieron también soportar la infame alianza de Calderón – Ulate como un mal menor, tal vez, esperando que la oligarquía se concientizará y fuera capaz de ayudar al pueblo, como se los había prometido el doctor



Hoy cuando los que estuvieron en la Unidad y el calderonismo forman parte de los movimientos de extrema derecha liderados por el Movimiento Libertario y La Nación; cuando varios diputados del PUSC son indolentes a la corrupción de su propio partido y la coalición con el Partido Liberación Nacional. La resistencia de los soldados del Cuartel de Cartago, solo puede verse como un sueño.



Cuando escuchó esa historia creo que el sueño de resistir a la opresión y aspirar a la justicia social se vuelve en una utopía inspiradora




El Viejo Cuartel de Cartago


LA ÚLTIMA RESISTENCIA DEL CALDERONISMO YA ES MUSEO

Adrián Marrero Redondo
amarrero@780america.com

Fotos: Ramón Marrero y Donald Cerdas
Así luce hoy el antiguo Cuartel de Cartago, tras la remodelación que realizó Jasec.

El Cuartel de Cartago, aunque desde 1912 no alberga soldados, se ha convertido en una muestra de cómo la ciencia militar, que gobernó nuestro país en la primera mitad del siglo XX, hoy, en el inicio del siglo XXI, se ha transformado en generador de cultura.

Para lograr este objetivo se ha recorrido un largo camino, que inició en la administración del ex presidente, José María Figures Olsen, cuando el diputado de ese momento, Luis Gerardo Villanueva Monge, logró canalizar los recursos necesarios para la construcción de la nueva Comandancia y de la Unidad de Admisión de Cartago, ubicada en Cocorí de Agua Caliente, inquilino entonces del cuartel, conocido, en ese momento, como la Comandancia.

Pero en la siguiente administración, en la del doctor Abel Pacheco, se regresó nuevamente la Comandancia al Cuartel de Cartago y el proyecto de remodelación del edificio para museo se retrasó, hasta que en el gobierno de Óscar Arias Sánchez revivió.

Fue así como el diputado, Francisco Marín Monge, en conjunto con el alcalde de Cartago, Rolando Rodríguez, y el mismo Villanueva Monge, desde la Presidencia de la Junta Administrativa de Servicios Eléctricos de Cartago (Jasec), pusieron en marcha de nuevo el proyecto.

“Teníamos un proyecto de ley para la creación del Museo de Cartago, pero tras reuniones con el alcalde, don Rolando Rodríguez, acordamos mejor, mediante un decreto ejecutivo, permitir que fuera un museo municipal, con participación del Ministerio de Cultura”, dijo el ex diputado y viceministro de la Presidencia, Marín Monge.

El alcalde de Cartago, Rolando Rodríguez, explicó que esta obra viene a darle a la ciudad, el museo que debió tener hace muchos años, al ser considerada “La cuna de la historia de Costa Rica”.

lunes, 19 de julio de 2010

Publican crónica de Calufa sobre Adolfo Braña

Crónica de Carlos Luis Fallas Sibaja sobre las experiencias de Adolfo Braña en la Europa nazi


Tanto Braña como Calufa forman parte del imaginario social comunista y calderocuminista.

martes, 23 de febrero de 2010

Ataque al calderocomunismo usando el 11 de abril

Idas y vueltas El día de la muerte de Juan Santamaría ha sufrido interpretaciones muy distintas
David Díaz Arias | david.diaz@ucr.ac.cr
Tomado de http://www.nacion.com/ancora/2009/abril/12/ancora1927340.html



El 11 de abril de 1980, un editorial de La Nación sostenía: “La batalla de Rivas de 1856 viene siendo conmemorada en forma ininterrumpida durante los últimos 124 años, como expresión de la libertad y la independencia centroamericanas y en particular de Costa Rica”.


Sin embargo, aquel artículo calculó mal el tiempo. Las conmemoraciones del 11 de abril en honor de la batalla Rivas y la fiesta de recuerdo del héroe nacional Juan Santamaría no nacieron en forma inmediata al finalizar la guerra en contra de los filibusteros.

Origen. El decreto que hizo obligatorio, feriado y festivo el 11 de abril, se dictó en 1915, mientras que la primera celebración que ocupó a Alajuela en ese día y la convirtió en el centro de atención por parte de la prensa nacional, ocurrió un año después (1916).

A partir de entonces, la fiesta en honor del tambor alajuelense aumentó en proporción y actividades, y –junto al 15 de septiembre– se transformó en la principal fiesta cívica del calendario civil de Costa Rica.

Como no podía ser de otra manera, Alajuela acaparó entonces la atención pública. La ciudad incluso fue interpretada según un cierto orden histórico por efecto de la celebración.

Así, la apertura de un desfile que comenzaba en la Plaza de la Agonía y terminaba en el Parque Juan Santamaría se volvió el rito oficial que cada año realizaban los costarricenses para iniciar las fiestas del 11 de abril. El otro lugar de parada obligatoria en el camino era la “casa donde nació y vivió” Santamaría.

Muy pronto, en un contexto de creciente participación y organización laborales, el 11 de abril fue apropiado por diferentes grupos sociales. De tal modo, ese día comenzó a utilizarse para realizar una crítica al poder político. En 1931, el Partido Comunista se convirtió en el principal abanderado de esa visión.

La interpretación comunista giró en torno de tres ejes: 1) el país era traicionado por sus dirigentes políticos; 2) por esas circunstancias, la celebración del héroe nacional era solo una mascarada de los políticos tradicionales para ocultar sus verdaderas intenciones; 3) los filibusteros, deseosos de esclavizar la región ayer, se habían transformado en la compañía bananera que explotaba a los trabajadores en el Caribe costarricense.

En los primeros años de la complicada década de 1940, el gobierno de Rafael Ángel Calderón Guardia contó con la ayuda de una parte de la prensa para identificar la reforma social (1940-1943) como un hito histórico que se encontraba entre los pilares de la historia de Costa Rica, a la par de la Campaña Nacional de 1856-1857.

Lo más interesante en ese sentido es que, después de 1943, cuando se oficializó la unidad entre comunistas y calderonistas, los opositores al “calderocomunismo” comenzaron a criticar al gobierno en las celebraciones del 11 de abril haciendo uso de los mismos argumentos que manifestó el Partido Comunista en la década de 1930.

Lo que se produjo entonces fue una lucha pública en la interpretación de la figura del héroe. Este enfrentamiento tendió a agudizarse en 1946 y se calentó al máximo en la celebración de abril de 1947, cuando opositores y simpatizantes del gobierno se enfrentaron a garrotazos en Alajuela.

Lo que vino después de 1948, y hasta 1955, puede ser interpretado como un paréntesis en el proceso de construcción de la fiesta de Santamaría. En esos años, los ganadores de la guerra civil de 1948 intentaron ofrecer un nuevo escenario nacional con sus propios héroes y hasta con nuevas celebraciones.

Así, se intentó utilizar el 11 de abril para conmemorar la toma de Limón por parte de la Legión Caribe en 1948. La invasión calderonista al país en 1955 terminó de cerrar ese círculo del recuerdo al transformar la hacienda de Santa Rosa en un espacio de la memoria ya no sólo de 1856, sino de la lucha entre calderonistas y liberacionistas.

De forma tajante, la celebración del centenario de la Campaña Nacional en 1956 detuvo este tipo de interpretación, volvió a presentar el 11 de abril como una fiesta nacional y recuperó la diversidad de contenidos interpretativos del pasado junto a la visión oficial.

Crítica, continuidad y ¿desaparición? Una segunda etapa de la fiesta se ubica entre 1956 y 1979. Esta fase se caracteriza por la ampliación de la participación de los escolares y colegiales en las celebraciones, y por la apropiación que muchos grupos juveniles y políticos hicieron del recuerdo de la quema del Mesón.

En esencia, en ese periodo, quienes reclamaron para sí el sacrificio del Erizo en Rivas fueron grupos de izquierda o cercanos a ella en su crítica contra el poder de los Estados Unidos.

Por su parte, desde la oficialidad, las respuestas se seguirán basando en el consenso sobre el Estado de derecho, el respeto a la autoridad y a la continuidad democrática de la historia costarricense.

De hecho, en el segundo lustro de la década de 1970 se realizará una asociación entre dicha visión de la historia del país y las metas del futuro. Se descartarán las transformaciones bruscas y las luchas bélicas, y se pondrá la fe en el continuismo.

Entre 1979 y 1990 se produjo una nueva etapa en la interpretación del pasado que involucraba la fiesta del 11 de abril. A una visión antiimperialista que incluso afirmó haber encontrado los huesos de Santamaría en Nicaragua (fue una patraña), la sucedió otra a partir de 1983.

De acuerdo con esa nueva interpretación, los sandinistas, en Nicaragua, eran los nuevos filibusteros. Además, la Unión Soviética fue catalogada de potencia en vías de expansión y de asedio sobre Centroamérica, similar al filibusterismo de William Walker.

En los siguientes años, conforme se intensificó la guerra en Centroamérica y se intentaron las primeras conversaciones de paz, la fiesta del 11 de abril se utilizó para expresar discursos de pacifismo. Tal visión será fundamental en las celebraciones durante el primer mandato de Óscar Arias (1986-1990).

Esto nos conduce al último periodo de la fiesta, que podemos ubicar entre 1990 y el 2005. En este periodo, se creó la Feria del Erizo, pero la prensa nacional también empezó a hablar de un decaimiento en el civismo.

Como “ofensiva”, se produjeron llamados a la regulación de la vestimenta y de la música que percibían en los desfiles del 11 de abril. Esa “ofensiva” terminó con la difusión de un Manual de celebraciones patrias por parte del Ministerio de Educación Pública.

Sin embargo, esa estrategia no tuvo el impacto previsto. Sorpresivamente, el fallo no estuvo en los actores de la celebración (niños, maestros y padres de familia), quienes siguieron participando activamente y con patriotismo. El error provino de una regulación legislativa que en el 2005 cambió la fiesta del 11 de abril al lunes próximo a su celebración.

Esa postergación desarticuló la fiesta ya tradicional y volvió complicada su repetición cada año. Desde entonces, el futuro de la conmemoración de la figura de Juan Santamaría se encuentra en entre-dicho.

EL AUTOR ES PROFESOR DE HISTORIA EN LA UCR.

La bomba que cambió la guerra. Don Teodoro no permitiría que nadie dudara de su valor y responsabilidad

La bomba que cambió la guerra. Don Teodoro no permitiría que nadie dudara de su valor y responsabilidad

Manuel Formoso
Tomado de http://www.nacion.com/ln_ee/2005/noviembre/17/opinion1.html




Este hecho que voy a relatar es absolutamente verídico; sin embargo, ha permanecido por más de 50 años ignorado por razones que se aclararán más adelante.

En los últimos días de marzo de 1948 el presidente de la República, don Teodoro Picado, se mostraba un tanto triste y desilusionado porque todos sus esfuerzos, primero por evitar y, después por detener, la guerra civil que había iniciado don José Figueres, después de que fueron anuladas las elecciones presidenciales, habían fracasado.

Durante el transcurso del día 30 de marzo, después de mucho rumiarlo y haberlo consultado con dos íntimos amigos (don Enrique Guier y don Ramón Madrigal), el Presidente comunicó a sus dos secretarios de Estado en Relaciones Exteriores y en Gobernación, que en el uso de las facultades que le otorgaba la Constitución Política de 1871, había decidido llamar al ejercicio del poder al primer designado (hoy vicepresidente) don Francisco Calderón Guardia, pues quería retirarse en vista del fracaso por lograr la paz.
Foto Flotante: 1118278
/LA NACIÓN

Múltiples implicaciones. El llamamiento de don Paco Calderón tenía muchas implicaciones. Una de las más importantes era que convertía en protagonista del conflicto bélico al inmenso Partido Republicano Nacional y a su carismático jefe, el doctor Calderón Guardia; por razones que aquí no viene al caso exponer más detalladamente, se habían alejado del presidente Picado, que estaba acompañado en esta lucha tan difícil únicamente por el Partido Vanguardia Popular.

Y en verdad parece muy lógico que don Teodoro quisiera proceder así porque la pelea no era con él, sino con el calderonismo que había anulado con sus diputados las elecciones supuestamente ganadas por don Otilio Ulate. Como fácilmente se puede imaginar, la correlación de fuerzas en la lucha armada, que se había iniciado en las montañas de Los Santos, cambiaría muy desfavorablemente para los rebeldes porque, en lugar de un adversario tan débil (un presidente sin partido y casi finalizando el período para el cual fue elegido), se toparían con un líder muy carismático, al frente de un inmenso partido motivado para luchar porque estimaban que las elecciones habían sido fraudulentas y les habían birlado el poder.

En la noche del mencionado día 30 de marzo, los dos secretarios de Estado visitaron a don Paco Calderón y lo impusieron de la gravedad de su misión. A don Francisco Calderón Guardia no le hizo mucha gracia la decisión del Presidente pero, hombre sagaz, no necesitó muchas palabras para comprender las razones que tenía don Teodoro y, como leal amigo, aceptó el cargo sin muchas ilusiones.

Puntería y daños. Al día siguiente, a las 6:15 a. m. exactamente, el audaz piloto Guillermo Núñez Umaña lanzó una bomba de 25 libras sobre la Casa Presidencial, con tan buena puntería que cayó justamente en el centro del inmueble, destinado a jardín interior de la residencia. Los daños materiales fueron graves, pero felizmente no hubo víctimas personales. El hecho causó una gran conmoción en la ciudad de San José y una gran alegría en las filas rebeldes. Igualmente las personalidades más destacadas del país visitaron al Presidente durante todo el día para saludarlo y congratularse de que hubiera salido vivo de tan certero ataque.

Don Teodoro, muy serio, agradeció todas las muestras de cariño recibidas y, por supuesto, no dijo una palabra acerca de su propósito de retirarse del cargo porque estimó que su honor estaba en juego y no permitiría que nadie dudara de su valor y responsabilidad; siguió al frente del Poder Ejecutivo y en pocos días comprendió que la batalla militar estaba perdida. Pidió la intervención del Cuerpo Diplomático para firmar el llamado "Pacto de la Embajada de México", que ponía fin a las hostilidades, trasladaba el poder al tercer designado, don Santos León Herrera, y salvaguardaba la vida y haciendas de los vencidos, y daba tiempo a que los principales actores de este período tan convulso salieran del país.

El testimonio es de uno de los pocos sobrevivientes de esos años, fallecido hace poco, quien conoció de primera mano lo aquí relatado y me lo contó; sus palabras merecen toda mi fe y, por eso, lo publico como un hecho verdadero, que estuvo a punto de cambiar la historia de Costa Rica.

El poder de los mitos. La investigación histórica restaura la verdad

El poder de los mitos.  La investigación histórica restaura la verdad

Manuel Formoso
Tomado de http://www.nacion.com/ln_ee/2002/octubre/03/opinion3.html




El poder de los mitos es extraordinario para enmascarar la verdad, sobre todo en ciertas esferas donde priva más la pasión que la racionalidad. Por eso se suele decir que no vale la pena discutir sobre religión, política o futbol porque será casi imposible ponerse de acuerdo y fácilmente se termina en pleito. Por ejemplo, por siglos el mito de Adán y Eva, naciendo ella de una de sus costillas, se tuvo como una verdad irrefutable hasta que llegaron Darwin, los paleontólogos y la genética con el ADN.

Por eso agradezco la forma gentil e inteligente en que don Eladio Jara ha reaccionado ante un artículo mío sobre los mitos del 48, aparecido en esta misma página. Argumenta don Eladio que me faltó información fidedigna, y tal vez, sin proponérselo, puso el dedo en la llaga. Justamente el poder de los mitos nace de la ausencia de información correcta acerca de una realidad, histórica en este caso, que nos lleva a tomar aquello que se propala insistentemente como verdades incuestionables, aunque carezcan de fundamento.

Rigurosos estudios. Los que vivimos la década de 1940 sabemos que fueron tumultuosos, llenos de trascendentales cambios sociales, con violencia por ambas partes, enfrentadas en un clima de gran exaltación. Sin embargo, con el paso de los años, gente joven y con excelente preparación para la investigación histórica, ha llegado en sus rigurosos estudios a conclusiones radicalmente opuestas a las verdades incuestionables que impusieron los vencedores, porque hoy desnudas de pasión e irracionalidad, lucen como simples mitos.

Ignoro si don Eladio ha tenido la oportunidad de leer, además de las Memorias de don Teodoro Picado (Euned, 2001), el excelente trabajo de don Iván Molina acerca de las elecciones del 44 y el 48 (Cuadernos de Flacso, N.° 20, octubre 2001) en el cual, tras una brillante investigación, llega a la conclusión de que don León Cortés no tenía el caudal de votos que siempre se había creído, porque estaba debilitado por divisiones políticas y por haberse convertido en el candidato de los ricos, que querían traerse abajo las reformas sociales, recién aprobadas en la Administración Calderón Guardia. Por el contrario, don Teodoro Picado, tras una larga y exitosa campaña electoral, recorriendo todo el territorio nacional a caballo (véase testimonio de F. Soto Harrison, jefe de acción que lo acompañó en Que pasó en los años 40, Euned 1995) había recibido el apoyo masivo de trabajadores, maestros y de la mayoría de intelectuales que veían en él al continuador del doctor Calderón Guardia, ganador de las anteriores elecciones por una abrumadora mayoría. También es muy interesante el análisis que hace don Iván del gran caudal político que el Partido Republicano Nacional mantuvo desde 1932 con don Ricardo Jiménez, luego con don León Cortés, agrandado por Calderón Guardia hasta verterse en 1944 en favor de don Teodoro Picado.

Fraude innecesario. Desgraciadamente sí se dio un fraude en las elecciones de 1944, totalmente innecesario, que manchó la legítima elección que debió haber tenido don Teodoro; la poderosa intervención de los Estados Unidos, en plena guerra mundial contra el fascismo y nazismo, ante el Secretario de Estado en la Cartera de Gobernación, para informarle que de ninguna manera se permitiría la llegada a la Presidencia de la República de Costa Rica a un hombre de inclinaciones nazistas, como creían los norteamericanos que era don León Cortés, llevó al alto funcionario a cumplir –con exceso– lo pedido por sus poderosos amigos y desgració para largo rato el brillante gobierno que hizo el licenciado Picado.

En cuanto a la elección de 1948, en que se disputaron la presidencia de la república el doctor Calderón Guardia y don Otilio Ulate, lo trataré en próximo artículo por falta de espacio pues fueron muchas las irregularidades habidas e ineficaz el escrutinio del Tribunal Nacional Electoral. En relación con el tercer mito, caballerosamente don Eladio Jara acepta que podría no ser verdad que don Teodoro fuera alcohólico, sino una mentira producto de la invención de sus enemigos políticos. Es de esperar que algún día estos mitos acaben de despejase para que se reconozca el gran valor personal y cultural que tuvo el licenciado Picado, uno de los mejores presidentes que tuvo Costa Rica en el siglo XX.

Nada que ver. No es conveniente,ni oportuno,revivir los odios del 48

Nada que ver.  No es conveniente,ni oportuno,revivir los odios del 48

Manuel Formoso
Tomado http://www.nacion.com/ln_ee/2009/agosto/18/opinion2061760.html
   

Doña Ana Piza, periodista, publica en La Nación ( Foro, 07/08/09) un artículo titulado “La figura de don Otilio Ulate”, en el que afirma que “el Tribunal de Elecciones fue una propuesta de don Otilio Ulate, no de don Teodoro Picado como el artículo de don Manuel Formoso quiere dar a entender”.

Con todo respeto, le digo a doña Ana Piza que don Otilio Ulate no tuvo nada que ver con la creación del mencionado Tribunal de Elecciones, pues en la época en que era candidato a la presidencia, ese Tribunal tenía varios años de existir.

Documento serio. Recomiendo a doña Ana el excelente libro de don Fernando Soto Harrison Qué pasó en los años 40 (EUNED, 1995). Allí, aparecen por lo menos tres artículos que tienen que ver con la gran reforma electoral: “Discusión pública sobre la gran reforma electoral” (p. 215), “La gran reforma electoral en el Congreso” (p. 225) y “En qué consistió la gran reforma electoral” (p. 281).

Don Fernando Soto Harrison documenta muy bien que la gran reforma electoral se realizó a finales del año 1945. En ese momento, don Otilio Ulate era un conocido periodista y político, pero no era candidato a la presidencia.

Por el contrario, sí lo era al terminar la “Huelga de los Brazos caídos” (agosto, 1947), que es cuando doña Ana afirma que el Tribunal Electoral fue una propuesta de don Otilio para terminar con la mencionada huelga. Es posible que a lo que se refiere doña Ana Piza sea a un documento que se firmó en ese momento y en el que se pide el nombramiento inmediato de los integrantes del Tribunal Nacional Electoral que debía hacerse, no en agosto, sino en octubre de ese mismo año.

Años turbulentos. Doña Ana nos propone a todos los que vivimos esa historia de los años 40 que nos pongamos a contarla. En esa época yo era muy joven y lo que más le puedo decir es que pusieron una bomba en el periódico La Tribuna , que mi padre dirigía, que destruyó parte de su maquinaria y mató al guarda. También en la casa en Guadalupe, donde vivíamos pusieron otra bomba, que derribó gran parte del frente donde estaban los dormitorios de mis padres y una hermana. Milagrosamente nadie murió. Sin embargo, mi padre perdió un oído y mi hermana sufrió algunas heridas. Además, los daños materiales fueron considerables.

Doña Ana, usted bien sabe que los años 40 fueron turbulentos, de grandes enfrentamientos, tan profundos, que llegaron a la división de algunas familias. Fue necesario que pasaran varios años para que muchas de esas heridas sanaran. De modo que no es conveniente, ni oportuno, revivir los odios del 48 y este artículo no tiene más intención que aclarar un equívoco de su parte y buscar la verdad acerca de lo que pasó en esa época.

Venturas y desventuras. Consecuencias de la anulación de las elecciones de 1948

 Venturas y desventuras
• Consecuencias de la anulación de las elecciones de 1948

Manuel Formoso
tomado de http://www.nacion.com/ln_ee/1999/mayo/19/opinion4.html


Más personas de las que podía imaginar me han hecho observaciones acerca del artículo "Las elecciones de 1948", publicado hace unas semanas en esta página. Al menos a dos de estas observaciones debo responder públicamente: la primera me recuerda el valioso papel que ciertamente el licenciado Luis Carballo desempeñó en la comisión legislativa redactora del Código Electoral. En la segunda se me insta, con buenos argumentos, a ampliar la mención que hago de la anulación de las elecciones presidenciales de 1948. Lo intentaré porque en verdad esta anulación equivale a la apertura de la Caja de Pandora en la historia reciente de Costa Rica: de ella salieron todas las venturas y desventuras de los siguientes 50 años, al menos en el campo político.

Cualquiera que hubiera sido el resultado, por disposición constitucional, el Congreso Nacional tenía que decir la última palabra sobre las elecciones y como en el pasado esto se había prestado a problemas, los partidos políticos habían firmado un pacto para respetar, sin más, el pronunciamiento del Tribunal Electoral. Sin embargo, al no haber unanimidad en el fallo dos magistrados declararon presidente a don Otilio Ulate y el tercero salvó su voto estimando no contar con suficiente información fidedigna como para saber cuál era el vencedor.

Silla vacía. El mencionado pacto de los dos grandes partidos quedó rescindido y el asunto fue a dar a manos de los diputados para que resolvieran quién habría de ocupar la presidencia de la república de 1948 a 1952. Como bien se sabe, nadie llegó a ocuparla por diversas causas: la primera, porque las elecciones fueron anuladas por una mayoría de 27 legisladores. La segunda, porque no hubo convocatoria a segundas elecciones ni se designó a nadie para ejercer el poder. Y la tercera, porque estalló la revolución figuerista e inmediatamente después de su triunfo se firmó el pacto Ulate-Figueres -monumento a la aberración jurídica- que no solo derogó la constitución de 1871 e intentó legitimar un gobierno de facto, sino que ignoró la elección de diputados y retrasó la entrega de la presidencia de la República a don Otilio Ulate por un plazo de dieciocho meses.

¿Cabía anular las elecciones de 1948? Desde el punto de vista jurídico sí. Fueron tales las irregularidades cometidas por el Registro Civil con los votantes calderonistas que no cupo la menor duda de que la votación había sido sabiamente capada en las provincias dominadas por el Partido Republicano Nacional. Igualmente, el Tribunal Electoral cumplió de una manera deficiente con la tarea esencial de escrutar los votos: primero, fue incapaz de hacerlo en el plazo señalado por la Constitución y segundo, en determinado momento suspendió el escrutinio y lo sustituyó por la suma de las cifras obtenidas de las comunicaciones telegráficas enviadas desde las mesas electorales, proceder no autorizado por la ley.

Papelitos hablan. Pero si bien desde un punto de vista jurídico el Congreso Nacional no sólo tenía competencia para resolver sobre las elecciones, sino buenas razones para anularlas, desde el ángulo político resultaba totalmente inconveniente. En primer lugar, en esa Costa Rica de la primera mitad del siglo los papelitos siempre hablaron. Fraude o no fraude, quien apareciera vencedor ganaba las elecciones y parte de la paz política que tuvimos durante tantos años, se la debimos a la tolerancia de esta triste práctica.

En segundo lugar, el país estaba estrenando un sistema electoral muy avanzado y lograr su consolidación era de gran beneficio, aunque al aplicarlo por primera vez se hubiera hecho con deficiencia. Las irregularidades y las torpezas habidas podían explicarse por muchas causas y más valía aceptarlas que destapar esa peligrosa caja de Pandora que se abrió con la anulación de las elecciones.

Sin embargo, se procedió de otra manera al privar las consideraciones jurídicas sobre lo político: se anularon las elecciones y estalló la revolución con la consiguiente derrota militar y política del gobierno constitucional del presidente Picado, seguido del exilio de las principales figuras de los partidos Republicano Nacional y Vanguardia Popular.

Luego vinieron una serie de actos arbitrarios e insólitos en la historia del país, para decir de ellos lo mínimo, tales como el funcionamiento de tribunales especiales que juzgaron a los vencidos partiendo de que todos eran culpables. En los primeros meses de este gobierno de facto, la nueva fuerza política luchó por abrirse espacio y conquistar una legitimidad más allá de las armas, aunque para lograrlo lo hiciera al costo del sufrimiento de al menos la mitad de los habitantes de Costa Rica. Lo que siguió es ya historia mejor conocida.

Tres mitos del 48. Don Teodoro Picado fue abstemio

Tres mitos del 48
• Don Teodoro Picado fue abstemio

Manuel Formoso
tomado de http://www.nacion.com/ln_ee/2002/agosto/31/opinion3.html

Para quienes gustamos de la política, sobre todo de la historia de sus principales ideas, nos parece lo más lógico que sea una disciplina en la que, en alguna medida, reine la razón. Pero la práctica dice lo contrario: casi no hay política, sino pura politiquería, en la que dominan más los mitos que las verdades.

Una mirada a la década de 1940 muestra que, pese a notables logros políticos –Reforma social del doctor Calderón Guardia y Reforma electoral del licenciado Teodoro Picado– reinó gran irracionalidad en la lucha por el poder y al menos tres mitos, con consecuencias muy importantes, que hasta fecha reciente se han tenido como verdades históricas: 1) Las elecciones presidenciales de 1944 las perdió don León Cortés gracias a un inmenso fraude que le dio la victoria a don Teodoro Picado; 2) Las elecciones de 1948, sin duda, las ganó don Otilio Ulate; 3) El presidente Picado, abrumado por mil problemas, vivía perennemente ebrio para sobrevivir a la tragedia política de su administración.

Fraude innecesario. En cuanto al primer mito, un brillante estudio histórico del doctor Iván Molina Jiménez, de la Universidad de Costa Rica (Cuadernos de FLACSO, N.° 120, octubre, 2001), demuestra, con numerosas estadísticas y análisis pormenorizado de hechos significativos, que don Teodoro Picado gozaba de gran caudal político, sobre todo entre los trabajadores, maestros e intelectuales, por su participación activa en la aprobación de la Reforma social calderonista desde la Presidencia del Congreso, y don León Cortés, por el contrario, había perdió numerosos votos por haberse convertido en el candidato de los ricos, opuestos al progreso social. Pero, además, EE. UU. –en guerra con la Alemania nazi– intervino en el proceso electoral al hacer saber al Ministro de Seguridad Pública que tenía que asegurarse de que el candidato Cortés perdiera, porque jamás permitirían que un político con simpatías por los nazis llegara al poder en Costa Rica. Entonces, el fraude que se hizo en 1944, para complacer y calmar a EE. UU., fue innecesario porque el licenciado Picado de todos modos habría ganado las elecciones (Véase Qué paso en los años 40, F. Soto Harrison, EUNED, 1995)

En cuanto a que don Otilio Ulate ganó las elecciones presidenciales de 1948, el estudio del doctor Molina, de todas las circunstancias que incidieron en esos comicios, hace muy evidente que no existió ninguna certeza del candidato vencedor, porque el cómputo realizado por el flamante Tribunal Electoral fue incompleto y muy irregular; además de que en el Registro Electoral hábiles maniobras impidieron que numerosos calderonistas y vanguardistas votaran en las provincias en que tenían mayoría.

Una infamia más. En cuanto a que don Teodoro Picado era un alcohólico que vivía constantemente embriagado, fue una más de las infamias de una sistemática campaña de desprestigio contra el Presidente, lo cual explica que el proceso electoral de 1948 estuviera dominado por la irracionalidad, la violencia por ambas partes y un odio intenso entre los contendientes, como pocas veces se ha visto en Costa Rica. Solo en este clima tan propicio para que el mito se imponga sobre la verdad se explica que todavía se siga diciendo que don Teodoro –que fue abstemio– era un gran borracho. Dos personas de reconocida honorabilidad, el licenciado Máximo Quesada Picado, Ministro de la Presidencia (como se dice hoy) de don Teodoro, y el licenciado Fernando Soto Harrison, a su vez Ministro de Gobernación y amigo de toda una vida del presidente Picado, han afirmado, en repetidas ocasiones, por escrito y de palabra, que don Teodoro jamás se tomaba un trago.

Imposible. Por eso sorprende que el actual Presidente de la República, comentando la imagen que los niños tienen hoy del Presidente, recordó la que él tenía de varios mandatarios cuando era niño; elogia la grandeza de don Ricardo Jiménez, la puntualidad de don León Cortés y el humanismo del Dr. Calderón Guardia, pero lamenta el pésimo ejemplo que daba don Teodoro, tomándose unos tragos. Es imposible que don Abel haya podido ver a don Teodoro embriagado, por la sencilla razón de que nunca tomaba, pues toda su vida fue abstemio.

A don Abel, que el cargo de Presidente de la República le ha dado un gran empaque de respetabilidad y le ha ganado el cariño de sus gobernados, no creo que le cueste mucho reconocer que lo que dijo –un recuerdo de hace más de 50 años– está enturbiado por el poder del mito y muy lejos de ser verdad.

Las elecciones de 1948 Un escrutinio plagado de irregularidades

Las elecciones de 1948
• Un escrutinio plagado de irregularidades

Manuel Formoso
tomado de http://www.nacion.com/ln_ee/2002/octubre/18/opinion3.html



Los años que precedieron a las elecciones presidenciales de 1948, disputadas entre el doctor Calderón Guardia y don Otilio Ulate, fueron de gran pasión, violencia verbal y física por ambas partes, hasta el punto de que se generó un clima de mucha irracionalidad que autorizaba emplear cualquier arma contra el enemigo, por vil o absurda que fuera. Don Isaac Felipe Azofeifa, insigne poeta que jamás fue calderonista o picadista, resumió magistralmente esos años diciendo que a don Teodoro Picado le tocó atravesar un infierno hirviente de encendidas pasiones. A lo dicho por don Isaac hay que agregar que, para colmo de males, el presidente Picado era un gran estadista, hombre cultísimo, abogado respetuoso de la ley, pero muy mal político porque no sabía poner pie firme en el mal, como recomienda Maquiavelo a quienes quieran tener éxito en el ejercicio del poder.

A pesar de la campaña de insultos y falsas acusaciones que constantemente se lanzaban contra el presidente Picado, don Teodoro nunca perdió su bondad ni su ingenuidad y confiaba en que las nuevas instituciones electorales, creadas por la reforma de 1946, le proporcionarían a Costa Rica unas elecciones impecables, por donde se descargaría civilizadamente toda la violencia social que se venía acumulando y nos evitaría los horrores de una guerra civil. Don Teodoro creyó en la imparcialidad de los miembros del Tribunal Electoral y además confió totalmente en el recién nombrado Director del Registro, también electoral, a quien apreciaba mucho por ser un honorable juez e hijo de un entrañable amigo. Sin embargo, salvo uno de los magistrados, las demás personas le fallaron al no cumplir honrada o eficientemente sus tareas, lo que condujo, sin lugar a dudas, a la anulación por el Congreso de las elecciones.

En conciencia. Aparentemente las elecciones las ganó don Otilio Ulate porque la mayoría de los magistrados lo declaró presidente electo. Por el contrario, el tercer miembro (presidente del Tribunal), salvó su voto diciendo que no podía aceptar como válido ese resultado por la forma incompleta en que se hizo el escrutinio, fuera del tiempo fijado por la Constitución, sin haberse examinado todos los votos emitidos, supliendo parte de su recuento por informaciones obtenidas de certificaciones y telegramas enviados por las juntas receptoras; por lo tanto, en conciencia, no podía tener certeza de quién había ganado las elecciones, y, como correspondía, pasa el asunto al Congreso para que, en uso de sus facultades constitucionales, lo resolviera finalmente.

Si en el Registro Electoral no hubiera prevalecido “la cultura del fraude”, que se practicaba desde muchas décadas atrás, y, si los miembros del Tribunal Electoral no hubieran fracasado en su tarea esencial de realizar un recuento completo y legal de los votos emitidos, el Congreso Constitucional no habría encontrado razón alguna para anular las elecciones. Desgraciadamente ocurrió todo lo contrario: se cometieron toda clase de irregularidades en el Registro y el Tribunal Electoral, por inexperiencia o por lo que fuere, realizó el lamentable escrutinio que, como hemos señalado antes, ni siquiera el tercer miembro de ese tribunal podía aceptar.

Por la paz. Tan incierta fue esa elección de don Otilio Ulate como presidente de la República que el partido perdedor la rechazó y pidió su nulidad; cuando le correspondió al Congreso Constitucional conocer del asunto, la anuló y más tarde fue suplantada por un acuerdo de las “fuerzas vivas” que vieron garantizada la paz de la nación en la presidencia del doctor Ovares, aceptada por todos partidos contendientes. Sin embargo, don José Figueres, alzado en armas, rechazó el arreglo y más tarde, ya en Cartago, implícitamente desconoció a Ulate al proponerle al mismo Congreso que anuló su elección que los nombrara a él, a don Alberto Martén y a don Fernando Valverde designados a la presidencia de la República, previa renuncia de don Teodoro Picado, según documento de fecha 13 de abril de 1948.

Para terminar, es oportuno citar una vez más la investigación del doctor Iván Molina (Cuadernos de Flacso, 120, octubre del 2001): “A la luz de estos hallazgos (las "irregularidades" antes mencionadas y otras más) no es aconsejable afirmar, fuera de toda duda (como verdad irrefutable), que la oposición ganó la elección presidencial de 1948”.

Un país desgarrado. Secuelas La violencia política y las venganzas siguieron durante varios años después de la guerra de 1948

  Secuelas La violencia política y las venganzas siguieron durante varios años después de la guerra de 1948
David Díaz Arias | ddiazari@indiana.edu




Artículo tomado de http://www.nacion.com/ancora/2008/abril/06/ancora1483498.html

El 13 de octubre de 1954, Manuel A. R. asistió a una reunión en la Jefatura Política de Goicoechea. Manuel, de 50 años de edad, trabajaba entonces como agente principal de policía en Ipís de Guadalupe, por lo que su convocatoria a esa sesión le parecería normal; pero no lo era. Apenas tomó asiento, el jefe político lo sometió a una serie de preguntas, formuladas y transcritas en papel como en un juicio.


Así, el jefe político interrogó a Manuel exigiéndole revelar su identidad política. Manuel A. R. respondió: “Soy figuerista y estoy de lleno con el gobierno actual y me siento muy honrado en servirle”; pero su jefe insistió: “¿Es cierto que anteriormente o sea en el régimen de Picado Ud. era de reconocida filiación calderonista?”. Manuel aseguró: “En ese tiempo yo estaba de policía en San José y por lo tanto tuve que ser de ese color pero eso fue hace muchos años”.

En los siguientes días, el jefe político llamó a tres personas para interrogarlas sobre la identidad política de Manuel A. R.; todas confirmaron que él había sido caldero-nista antes de 1948. Entonces, el jefe político envió la información recolectada al Ministro de Gobernación para que resolviera qué hacer con su subalterno. De esa manera, cinco años después de la guerra civil de 1948, un ciudadano común que trabajaba para el gobierno pasó por un “juicio” solamente por ser sospechoso de haber apoyado al calderonismo en el pasado. ¿Por qué?

Memorias. Costa Rica experimentó una tremenda tensión social entre 1940 y 1948. Una alianza entre los gobiernos de Rafael A. Calderón Guardia y Teodoro Picado junto con el Partido Comunista, enfrentó a otro grupo de políticos y jóvenes intelectuales; todo ello dio como resultado una guerra civil.

La gente común participó activamente en ese enfrentamiento, en cada actividad política, desfile, campaña y batalla. La violencia desempeñó un papel fundamental en esos movimientos sociales.

Empero, como ha sostenido el sociólogo Manuel Solís, los crímenes acontecidos en el marco de la violencia política del 48 no tienen un lugar central en la memoria oficial de la guerra.

Esa memoria presenta la violencia solamente como una acción defensiva y nunca mal orientada, de modo que su ejecutor queda libre de cualquier responsabilidad.

No obstante, la violencia fue un componente central y creció como consecuencia de la polarización política, especialmente después de 1944. Una parte de la oposición empleó un lenguaje violento para atacar al gobierno y sus simpatizantes. Este lenguaje violento se convirtió en actos terroristas una vez que el gobierno y sus aliados comenzaron a enfrentar con fuerza (cinchas y garrotazos) a la oposición.

En ese contexto, la gente común insertó sus problemas y desavenencias personales en la lucha política y la usó como una vía para canalizar sus disputas cotidianas.

Desde ese punto de vista, muchos costarricenses utilizaron la guerra civil como un evento legítimo para practicar la “ley” del ojo por ojo y diente por diente.

La guerra no acabó con esa visión; al contrario, el final del conflicto armado propició actos de violencia algunas veces disfrazados de revanchismo político.

Represión. Varios testimonios y memorias de la guerra civil escritos por líderes comunistas-vanguardistas sostienen que ellos dejaron las armas y entregaron San José solamente porque Figueres les prometió respetar las reformas sociales y la legalidad de su partido. Por su parte, los líderes calderonistas insistieron en que se respetasen sus vidas, trabajos y propiedades. Sin embargo, tan pronto como tomaron el poder político, los ganadores de la guerra organizaron la represión.

Primero, esta represión apareció institucionalizada bajo un traje judicial. La Junta Fundadora de la Segunda República organizó los tribunales de Probidad y de Sanciones Inmediatas para juzgar a los líderes y simpatizantes “calderocomunistas”.

Muchas pruebas escritas y orales indican que, en varias ocasiones, esos tribunales sirvieron para falsificar cargos contra connotados líderes y contra gente común.

Por ejemplo, el sindicalista y escritor Carlos Luis Fallas fue acusado de robar 54 “gallinas finas”; pero otros casos ni siquiera llegaron a los salones judiciales.

Apenas terminó el conflicto armado, tres personas fueron llevadas a un lugar llamado “La Cangreja” (Cartago) y allí fueron asesinadas. Asimismo, los líderes vanguar-distas de Limón fueron muertos en el “Codo del Diablo”, sin juicio de por medio y sin que ellos representasen amenazas para nadie.

Junto a eso, se presume que los vencedores habían elaborado un plan para matar a la cúpula dirigente del Partido Vanguardia Popular.

Dicho plan no funcionó gracias a la intermediación del arzobispo Víctor Manuel Sanabria y a la rápida movilización de la familia de Jaime Cerdas, uno de los vanguardistas.

Empero, muchos de esos líderes y sus familiares experimentaron torturas, dolor psicológico y persecución después de la guerra. Por ejemplo, la escritora comunista Carmen Lyra pasó sus últimos días de vida deseando regresar a Costa Rica desde México, pero la Junta nunca la autorizó a hacerlo.

Ese tipo de represión se reprodujo en las clases bajas y modeló las identidades políticas y los recuerdos que heredaría la generación de niños y niñas que nació alrededor de 1948.

En ese sentido, el ciclo represivo posterior a la guerra civil tuvo dos fases: una muy fuerte entre 1948 y 1949, y otra más moderada durante el primer gobierno de José Figueres (1953-1958).

Mediando entre esos ciclos, se encuentra el periodo presidencial de Otilio Ulate (1949-1953). Al parecer, el periodo de Ulate propició la disminución de las tensiones sociales producidas por la guerra y la invasión calderonista de diciembre de 1948, aunque esto necesita una investigación más a fondo.

Nueva moral. Además, la primera administración de Figueres comenzó una campaña moralizadora. Esta fomentó un enfrentamiento con varias prácticas populares que no habían sido prohibidas en el pasado o que habían sido toleradas.

Así, se empeñaron en extender una “nueva moral”, que intentaba controlar la música en las cantinas, los bailes, las películas y hasta las “novelas pasionales”. Muchos figueristas utilizaron este marco para ajustar cuentas con sus enemigos políticos, como fue el caso presentado al inicio de este artículo.

La idea del control social era consecuente con la visión que Figueres y sus seguidores tenían de los gobiernos de Calderón y Picado. Para aquellos, esas administraciones representaban una era inmoral en la que Costa Rica había perdido sus buenas costumbres.

Por tanto, su meta era recobrar un pasado mejor. En medio de esto ocurrió la segunda invasión calderonista (1955): esta probó que los anhelos de violencia de los vencidos también estaban vivos.

Años después, tras la tensa elección de Mario Echandi (1958), se inició un proceso de reconciliación nacional cuyo punto más visible fue el regreso de Calderón Guardia al país. Con este proceso, se cerró el ciclo de inestabilidad que se había iniciado en la década de 1940.

Al fin, en agosto de 1961, la Asamblea Legislativa indultó a todos los costarricenses condenados por el Tribunal de Sanciones Inmediatas.

El autor es profesor en las escuelas de Historia y Estudios Generales de la Universidad de Costa Rica.