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domingo, 14 de febrero de 2010

CARTA PASTORAL DE MONSEÑOR VICTOR SANABRIA MARTlNEZ SOBRE CUESTIONES SOCIALES, 29 de Junio de 1941

CARTA PASTORAL DE MONSEÑOR VICTOR SANABRIA MARTlNEZ SOBRE CUESTIONES SOCIALES


29 de Junio de 1941

El 10 de junio corriente, festividad de Pentecostés, día por excelencia de la universidad y catolicidad en la Santa Iglesia, el Santo Padre Pío XII, gloriosamente reinante, en memorable y substancioso mensaje, quiso "llamar la atención del mundo católico sobre un recuerdo digno de ser grabado en letras de oro en el Calendario de la Iglesia: el quincuagésimo aniversario de la publicación, hecha el 15 de mayo de 1891, de la trascendental Encíclica social de León XIII, la Rerum Novarum ", la más célebre y al mismo tiempo la más discutida de las encíclica s de aquel gran Pontífice, justamente llamada el Código Cristiano del Trabajo y "la Carta Magna que debe ser la base de toda actividad cristiana en materia social” (Enc. "Quadragesimo Anno", 15 de mayo 1931).

Trascendental en efecto es la Encíclica de León XIII. En ella aquel Pontífice, por requerido así las circunstancias de los tiempos, después de sobrio y maduro examen y severísima reflexión, condensó, o para decido más exactamente, codificó la doctrina social católica, especialmente la que regula las relaciones entre el capital y el trabajo, y nos dio la interpretación, desde el punto de vista católico, de la tan debatida cuestión social. Como es evidente, León XIII no inventó ni introdujo doctrinas nuevas; simplemente aplicó, en uso de su autoridad suprema, en forma lógica y apropiada a las urgencias de los tiempos y a las nuevas necesidades económicas, la doctrina tradicional de la Iglesia en materias sociales, que no es otra, al fin y al cabo, que la que se halla fundamentalmente contenida en el Santo Evangelio. Aquella solemne declaración de León XIII venía a suplir, hasta con notorias ventajas, la que sin duda alguna habría emitido el Concilio ecuménico Vaticano, si no se hubiese visto forzado a interrumpir sus deliberaciones, al discutir el postulado acerca del socialismo presentado por uno de los Padres del Concilio, Mons. Gaspar Mermillod, obispo auxiliar de Ginebra y uno de los más notables precursores de la Rerum Novarum.

Cuarenta años después de la promulgación de la Rerum Novarum, el 15 de mayo de 1931, Pío XI, de feliz memoria, publicó otra encíclica de carácter eminentemente social, la Quadragesimo Anno, que señala el punto culminante de su pontificado y es el momento más feliz de su apostolado como doctor y maestro de la Iglesia Universal. Más que simple documento conmemorativo de la publicación de León XIII, la Quadragesimo Anno es un verdadero programa, amplio, progresivo y realista, de acción social cristiana, formulado con base en los principios asentados por León XIII, y a la luz de los nuevos hechos y de los nuevos fenómenos sociales en que tan fecundos fueron los tres primeros decenios del presente siglo. Pío XI ponía al día, si cabe la expresión, la doctrina católica contenida en la Rerum Novarum, y trazaba nuevas pautas y señalaba nuevas normas de acción social para que sirvieran de norte a los dirigentes sociales y espirituales de los pueblos en el difícil y necesario cometido de acertar prácticamente en la solución de tan arduos y complejos problemas como son los problemas sociales.

Tampoco el discurso de Su Santidad Pío XII fue de simple conmemoración de la publicación de León XIII, sino un sereno y objetivo análisis de la Rerum Novarum y aun de la Quadragesimo Anno. Es de presumir que si otras hubiesen sido "las circunstancias creadas por la guerra, que hacen que en muchos casos sean difíciles los contactos entre el Supremo Pastor y su rebaño", el Santo Padre, siguiendo el ejemplo de su antecesor inmediato, habría promulgado una encíclica conmemorativa de la Rerum Novarum. Ello no era hacedero en las circunstancias del momento. A la dificultad apuntada, de suyo tan valedera, se agregaba otra de mucha cuenta, a saber que las perturbaciones de los tiempos y las suspicacias de los hombres en la actualidad son tales que aun la más prudente y serena manifestación de la verdad puede servir de pretexto a quienes no sean "hombres de buena voluntad" para retorcer, con antojadizas e interesadas interpretaciones, el claro sentido de la palabra pontificia. Ya preveía el Pontífice, con clarísima visión, las irracionales susceptibilidades de los hombres en nuestros días, cuando escribía en su primera Encíclica:

"Para una afirmación doctrinal completa de las verdades contra los errores de los tiempos presentes, si hay necesidad de hacerla, se pueden escoger circunstancias menos perturbadas por los infortunios de acontecimientos exteriores. "

Por lo demás no era absolutamente necesaria la publicación de una nueva encíclica social, puesto que en los últimos diez años, desde la publicación de la Quadragesimo Anno, no se han presentado variantes de tal importancia en cuanto a la esencia misma de la cuestión social, que hicieran indispensable un nuevo análisis o reajuste doctrinal, de las enseñanzas y postulados de los Pontífices anteriores. A su debido tiempo, cuando Su Santidad en su prudencia lo juzgue conveniente, nos habrá de ilustrar sobre "los problemas y las empresas particulares, algunas sin duda completamente nuevas, que nuestra vida social ofrecerá a la Iglesia, al final de este conflicto que contrapone a tantos pueblos unos en contra de otros, lo cual es cosa difícil de rastrear o prever en este momento (discurso del 10 de junio).



Durante este año del jubileo de oro de la publicación de la Rerum Novarum, en casi todas las diócesis del orbe católico -con exclusión desde luego de las de aquellas naciones que se hallan envueltas por el turbión de la guerra-, los obispos, colectiva o individualmente, han publicado ya o están publicando cartas pastorales conmemorativas de la Encíclica de León XIII. Entre ellas citamos en particular la carta colectiva del Episcopado Mexicano, del 30 de Abril próximo pasado. Por nuestra parte hemos creído oportuno y conveniente adelantamos a la ocasión que ordinariamente nos brinda la celebración del mes del Rosario, con motivo del cual ha sido costumbre en nuestra Arquidiócesis dirigir a los fieles una circular o carta pastoral-, no precisamente para disponer y ordenar especiales actos conmemorativos de la Encíclica de León XIII, ya que por razones y circunstancias bien conocidas e independientes de nuestra voluntad, no existe todavía, a nuestro juicio, entre la gran masa de fieles, una comprensión útil de los motivos fundamentales que justifican la presente conmemoración, sino para encender "la noble llama del espíritu de hermandad social que hace cincuenta años inflamó el corazón" de los católicos "con la brillante y luminosa antorcha de las palabras de León XIII': y para provocar entre nuestros diocesanos "un vivísimo y fortísimo sentido social, sincero y desinteresado", y en particular para ilustrar algunos siquiera de los conceptos doctrinales de mayor relieve, contenidos en la Encíclica Rerum Novarum, los que en opinión nuestra sean de mayor urgencia y de más inmediata y útil aplicación y provecho dentro de nuestras realidades sociales, a saber los conceptos de las encíclicas pontificias relativos al justo salario.

Queremos, sin embargo, que este jubileo de la publicación de la Rerum Novarum, deje a nuestros amados diocesanos un recuerdo práctico de su celebración, y con ese objeto hemos dispuesto ya que se haga en nuestra Arquidiócesis, en competente número de ejemplares, la publicación de la Encíclica de León XIII, de la Quadragesimo Anno y del discurso de Su Santidad Pío XII, ya citado, a fin de que se ofrezca a todos los fieles la oportunidad de empaparse por sí mismos, mediante el estudio personal, de las doctrinas de la Iglesia en materias sociales. Nos ha movido a ello, además, el pensamiento de que hace cincuenta años, cuando León XIII publicó su Encíclica, en la Diócesis de San José no se pudo divulgar en forma satisfactoria el texto de la Rerum Novarum y menos comentarlo, por desgraciadas circunstancias que en aquel entonces coartaban la libertad de comunicación del Obispo con sus diocesanos, circunstancias que dichosamente han desaparecido del todo desde hace muchos años.

Antes de proceder a la exposición del tema propuesto, séanos permitido, ya que la presente pastoral sustituye la acostumbrada circular de Octubre, exhortar desde ahora muy encarecidamente en el Señor a todos nuestros diocesanos, para que -también por respeto y gratitud al Pontífice de los obreros y trabajadores, que fue al mismo tiempo el Pontífice del Rosario acerca del cual publicó tantos y tan fundamentales documentos solemnes-, se consagren con asiduidad y acendrado fervor, durante el todavía lejano mes de octubre, al rezo del Santo Rosario. Asimismo señalamos como intenciones especiales de los cultos parroquiales del mes del Rosario en nuestra Arquidiócesis, las dos siguientes: pedir por la paz del mundo, que es la misma intención prefijada expresamente por su Santidad a los cultos del mes de mayo, e impetrar del Señor, por intercesión de la Virgen Santísima en su título del Rosario, y de San José, patrono de los obreros cristianos, que haga prevalecer en el mundo, particularmente en nuestra amada patria, la justicia y la caridad en las relaciones sociales en general, singularmente en las relaciones entre el capital y el trabajo.

Por cuanto ello rima perfectamente con el propósito de esta pastoral, adelantaremos algunos criterios de interpretación de las encíclicas.

De las encíclicas sociales de León XIII y de Pío XI bien cabe decir que proclaman y contienen la "verdadera doctrina del evangelio" en materias sociales, y que, para usar una expresión de San Pablo (Col. 1, 6), expresan el muy vehemente deseo de la Iglesia de que ese evangelio "se propague entre vosotros así como en todo el mundo", crezca y fructifique. Dichas encíclica s son la clave moral y religiosa, no precisamente la económica y técnica, para la justa y equitativa resolución de todas las contiendas sociales, un tratado cristiano de la filosofía del trabajo que constituye la médula del sistema social cristiano. Pero es preciso leerlas e interpretadas en el mismo sentido y con el mismo espíritu con que fueron escritas, pues de otra manera acaecerá con ellas lo mismo que en su tiempo ocurría con las epístolas del Apóstol de las Gentes, que (II Petr. III, 16) "los indoctos e inconstantes pervierten su sentido, de la misma manera que las demás escrituras, para su propia perdición". Otro es el sentido y muy diferente el espíritu con que las lee e interpreta el afiliado a cualquiera de los sistemas sociales condenados por la Iglesia, y otro el sentido y el espíritu con que las debe estudiar el creyente.

La estructura fundamental de las encíclicas es de orden sobrenatural, aunque muchas de sus finalidades sean de orden temporal. Por consiguiente sus postulados serán eficaces y valederos en tanto que los interpretemos dentro del mismo espíritu sobrenatural con que fueron formulados. Muchas veces hemos visto y oído comentar y aun encomiar las doctrinas de las encíclicas, también por hombres que nada quieren entender del orden sobrenatural, con prescindencia maliciosa del fundamento y de la naturaleza íntima de ellas. Aceptan las conclusiones pero rechazan las premisas, rompiendo así la vinculación lógica indispensable que existe entre unas y otras. De aquí que a menudo se citen determinados pasajes de las encíclica s independientemente de su contexto y aun en contradicción con él, no para defender y propugnar las ideas de orden, de justicia y caridad evangélicas, sino para justificar y cohonestar sistemas doctrinales de que abomina la Iglesia y por tanto debe abominar el católico.

Es probable que en muchos de estos casos sea la malicia, la mala fe, la que inspire tales procedimientos, pero bien puede suceder que ello obedezca a incapacidad de los presuntos intérpretes para colocarse en el plano sobrenatural en que se han colocado los Pontífices, o al simple anhelo, por otra parte muy natural y justificado, que todos sentimos de aplaudir sentencias y doctrinas que parcialmente cuando menos coinciden con las nuestras.

Repetimos que las encíclicas pontificias son una construcción lógica en el más estricto sentido de la palabra. Sus conclusiones sociales y aun las económicas, en cuanto dependen de aquéllas, son la deducción obvia e integral de sus postulados sobrenaturales y dogmáticos, tan estrechamente ligados entre sí, que, cuando menos en el terreno de la especulación, no es posible aceptar las unas sin aceptar igualmente los otros.

No menos incorrecta y aun perversa es la interpretación de quienes, bien que admitan el fundamento sobrenatural de las encíclica s, aceptan de buen grado las conclusiones que parecen favorecer la clase social a que pertenecen, pero obstinadamente rechazan las que favorecen a la clase social opuesta, con olvido de que la razón de ser de la justicia que en favor de su clase proclaman las encíclicas es la misma de la justicia que vindican para las demás clases de la sociedad. Finalmente "indoctos e inconstantes" son los que se declaran no satisfechos o desilusionados por las soluciones propuestas en las encíclicas, por cuanto en ellas sólo muy de paso y en principio solamente, se proponen soluciones económicas concretas, como si fuera misión y función de la Iglesia y de los Pontífices escribir tratados técnicos de economía social y política, con lo cual ciertamente invadirían campos y se apropiarían de funciones que no son los suyos, campos y funciones que están reservados al Estado o a los dirigentes sociales.

Católicos y no católicos han incurrido, bien que en desigual proporción, en estos gravísimos errores de interpretación de las encíclicas. Fresco está todavía el recuerdo de aquellos patrones que se decían católicos, y que al aparecer la Rerum Novarum, sin que pretendieran desconocer la autoridad de la Iglesia ni renegar de los fundamentos doctrinales y dogmáticos de la encíclica, rechazaron sus conclusiones sociales y económicas hasta el punto de oponerse a la divulgación del documento pontificio entre los obreros y trabajadores de sus dependencias. Y hacemos, de propósito, este comentario, porque no es del todo imposible que algunos de nuestros católicos, poco familiarizados, quizá más por ignorancia que por mala fe, con los principios de justicia y de caridad que son esenciales a su profesión de cristianos, reciban escándalo, que en todo caso sería farisaico o pueril, al leer en las encíclica s o en los comentarios de ellas, sentencias y declaraciones que ellos calificarán de inconvenientes, por creerlas lesivas de sus intereses materiales, que de suyo serán duros y egoístas pero que en concepto de ellos son sagrados e intangibles. Recordemos todos los católicos que nuestra religión tiene que ser algo más que el simple cumplimiento de ciertos preceptos exteriores, pues la justicia del reino de Dios es justicia integral y quien no la cumple ni la practica en su integridad, o no está o no podrá entrar en el reino de los cielos.



Hecha esta introducción, que considerábamos indispensable para la recta comprensión de los textos de las encíclicas que se refieren al justo salario, procedamos a la exposición de nuestro tema.

En último término el eje de la llamada cuestión social es el salario, índice infalible de la justicia social. Por consiguiente a él se aplican ante todo, aquellos principios de orden religioso, de orden moral y de orden económico, asentados por los Pontífices en sus encíclicas. El orden económico, si quiere ser justo, no es independiente del orden moral y religioso, sino que está subordinado a éste. Con lo cual se tiene ya dada la razón por la cual corresponde a la Iglesia pronunciarse autoritativamente sobre el justo salario, como sobre todas las demás cuestiones sociales, y por qué la doctrina y las enseñanzas de la Iglesia urgen y estrechan la conciencia de aquellos a quienes se comunican. Las normas morales que propone la Iglesia en estas cuestiones sociales no son simplemente normas directivas, sino estrictamente preceptivas, mientras que aquellas otras que de suyo atañen al orden económico concreto, si es que en alguna ocasión por la necesaria conexión de materias alude a ellas, son, en general, antes directivas que preceptivas. "León XIII -dice Pío XII-, dirigió al mundo su mensaje con la profunda convicción de que la Iglesia no sólo tiene el derecho sino el deber de pronunciarse autoritativamente en los asuntos sociales. No fue su intención la de sentar principios directivos acerca del aspecto meramente práctico, que Nos podríamos llamar técnico, de la estructura social, porque El no ignoraba el hecho de que, como nuestro antecesor inmediato Pío XI, hace diez años lo subrayaba en su Encíclica conmemorativa, la Quadragesimo Anno, la Iglesia no pretende tal misión". Y no pretende tal misión ni siquiera con aquellas organizaciones obreras patrocinadas directamente por Ella, como lo evidencia el hecho de que expresamente rehúye el asumir las responsabilidades económicas técnicas de tales organizaciones, dejándolas por entero a la prudente gestión de los respectivos dirigentes.

Reconocen los Pontífices que, siendo como son claros y evidentes los principios de justicia que regulan todas estas cuestiones sociales, su aplicación práctica no deja de presentar graves y serias dificultades. Nada de extraño tiene, por consiguiente, que aún después de las declaraciones de León XIII, se hayan formado muchas escuelas y se hayan formulado muchas teorías, también entre los católicos, para dar con la clave de la aplicación práctica de aquellos principios. A ello han podido proceder los sociólogos y los dirigentes sociales católicos, autorizados, y más que eso, estimulados, por la misma palabra pontificia que a todos, y en primer término a los intelectuales y economistas católicos, pide su colaboración para llegar a la solución de los problemas sociales. Lo esencial es que no pierdan de vista, en el desarrollo de esas escuelas y teorías, los principios inmutables de justicia y de equidad, sobriamente definidos y propuestos en las encíclicas.

Nosotros no vamos a enunciar siquiera los postulados prácticos de esos sistemas y escuelas económicas en relación con la justicia de los salarios, por no ser ello necesario para el fin que nos proponemos, y porque, para usar una vez más las palabras de Pío XII, no puede ser intención nuestra la de sentar principios directivos acerca del aspecto meramente práctico y técnico de la estructura social de los salarios.

Establezcamos de una vez, a la luz de las enseñanzas pontificias, las condiciones necesarias e indispensables, en el orden religioso y moral, para que el salario sea justo con justicia siquiera que podríamos llamar mínima, y digamos al mismo tiempo quiénes son los llamados en primer término a impartir esa justicia, o en casos determinados, a complementarla.

Hablamos de las condiciones esenciales para que el salario sea justo con justicia mínima, pues que según escribe León XIII, "sabido es que para determinar la medida justa del salario, débense tener presentes muchos puntos de vista". Rechazaba con ello, León XIII, de antemano, lo que Pío XI llamó "ligereza de quienes creen que se puede resolver este gravísimo asunto -el del salario justo-, con el fácil expediente de aplicar una regla única, por cierto bien alejada de la verdad". Consecuentes con estas palabras los Pontífices se abstienen de enumerar en concreto todos esos puntos de vista, contentándose con puntualizar aquellos que bien merecen que se les llame fundamentales.

Pío XI, después de afirmar el carácter individual y social del trabajo, formula las reglas "por las cuales deben regirse y determinarse los salarios". "En primer término, escribe, hay que dar al obrero una remuneración que sea suficiente para su propia sustentación y la de su familia". León XIII, advirtamos de paso, no afirmó explícitamente en ninguna parte de su Encíclica, la necesidad absoluta del salario familiar, bien que éste está implícitamente vindicado en los principios que sustenta. En segundo lugar, dice Pío XI, "deben asimismo tenerse presentes las condiciones de la empresa y del empresario: sería injusto pedir salarios desmedidos, que la empresa, sin grave ruina propia y consiguientemente de los obreros, no pudiera soportar". En tercer lugar el salario "debe atemperarse al bien público económico”.

Encontramos ilustradas estas reglas en la Rerum Novarum, en la que León XIII enseña que son injustos los amos que "oprimen en provecho propio a los indigentes y menesterosos", que "toman ocasión de la pobreza ajena para mayores lucros", que defraudan el salario de los trabajadores o perjudican el ahorro de los proletarios ya sea por la violencia, el engaño o con los artificios de la usura. Más adelante escribe que "el salario no debe ser insuficiente para la sustentación de un obrero frugal y de buenas costumbres". De lo cual deduce las conclusiones siguientes: el salario no es justo por el simple hecho de que haya sido pactado entre el patrón y el trabajador, pues si bien el trabajo en cuanto es de carácter personal puede ser materia de libre convenio entre el patrón y el trabajador, no lo puede ser en cuanto es condición necesaria para la vida, es decir, en cuanto de él tienen derecho y aun obligación de sacar el sustento los trabajadores y sus familias; y finalmente, que el patrón que se prevale de la necesidad del asalariado para pactar o imponer un salario menor, hace violencia al trabajador, “y contra esta violencia clama la justicia”.

Casos pueden darse en que sea injusto el salario por parte del mismo trabajador. Prescindiendo de tantos y tantos casos particulares como podríamos aducir, señalamos estos dos principales: cuando el obrero niega su esfuerzo al patrón, y por tanto comete injusticia al recibir un salario que no ha ganado; y este otro señalado por Pío XI al condenar como falsa la teoría de que "el trabajo vale tanto y debe remunerarse en tanto cuanto se estima el valor de los frutos producidos por él, y que por lo tanto el obrero tiene derecho a reclamar todo lo que es producido por su trabajo", teoría sustentada, como es sabido, por el sistema socialista.



De cuanto hemos dicho se sigue que el salario llamado familiar, a saber, el que sea suficiente para la sustentación del trabajador y la de su familia, es tesis estrictamente católica. "El salario justo -dice un gran moralista y sociólogo católico (R.P. Arturo Vermeersch, S. 1. "Theol. Mor. 11, p. 420, n. 484)-, que en circunstancias normales debe satisfacerse de justicia por el trabajo, esta constituido por el salario familiar absoluto y además por aquella suma que según la estimación común debe añadirse, atendida la prosperidad general de los negocios". Llama salario familiar absoluto al que, incluido en él el trabajo útil de la esposa y de los hijos mayores, sea suficiente al obrero y a una familia corriente para su honesta sustentación, entendiendo bajo el nombre de familia corriente no la que por abusos neomaltusianos se vea reducida a uno o dos hijos solamente, sino la que según las circunstancias normales de las diferentes regiones integra el hogar medio de cualquier trabajador. No está sujeta la obligación de pagar este salario familiar a la condición de que en realidad el trabajador tenga una familia que sustentar. "El salario -dice el mismo moralista- en condiciones normales no puede ser menor que el que sea necesario para sustentar la familia, ya sea que de hecho exista ésta o no". De igual manera, según la doctrina aceptada en la Teología Moral, la obligación de pagar el salario familiar urge por justicia que llamamos conmutativa y no sólo en virtud de la justicia llamada legal.

Dijimos que el trabajo útil de la esposa y de los hijos mayores está ya comprendido dentro del concepto del salario familiar, pues como escribe Pío XI:

". . .justo es, por cierto, que el resto de la familia concurra con sus fuerzas al sostenimiento común de todos, como pasa entre las familias, sobre todo de labradores, y aun también entre los artesanos y comerciantes en pequeño; pero es un crimen abusar de la edad infantil y de la debilidad de la mujer. . ., es gravísimo abuso, y con todo empeño ha de extirparse, que la madre a causa de la escasez del salario del padre se vea obligada a ejercer un arte lucrativo, dejando abandonados en casa sus peculiares cuidados y quehaceres, y sobre todo la educación de los niños pequeños. "

No obstante que el salario familiar sea tesis netamente católica, reconoce Su Santidad Pío XI, y así lo hemos de reconocer todos, que "las circunstancias presentes de la vida no permiten ", que "los padres de familia reciban una remuneración suficientemente amplia para que puedan atender convenientemente a las necesidades domésticas ordinarias", pero al mismo tiempo afirma que "la justicia social pide que cuanto antes se introduzcan tales reformas que a cualquier obrero adulto se le asegure este salario ". es decir, el salario familiar. Determina todavía más claramente el mismo Pontífice los límites de este salario familiar, en la Encíclica Casti Connubii (31 diciembre de 1930), en la que escribe lo siguiente:



"Hay que trabajar, en primer término, con todo empeño, a fin de que la sociedad civil, como sabiamente dispuso Nuestro predecesor León XIII, establezca un régimen económico y social en el que los padres de familia puedan ganar y granjearse lo necesario para alimentarse a sí mismos, a la esposa y a los hijos, según su clase y condición; pues el que trabaja merece recompensa. Negar ésta o disminuirla más de lo que es debido, es grande injusticia, y según las Sagradas Escrituras, un grandísimo pecado; como tampoco es lícito establecer salarios tan mezquinos que, atendidas las circunstancias, no sean suficientes para alimentar la familia.. "

El salario familiar está subordinado, desde luego, a las posibilidades de la empresa o del empresario, y a las realidades del bien público económico, según expone el mismo Pío XI. En otras palabras, puede darse el caso y en verdad se da con mucha frecuencia, que el salario que se paga al trabajador sea objetivamente injusto por cuanto no alcanza a cubrir las necesidades del obrero y de su familia, pero subjetivamente no lo sea, si las antedichas posibilidades y realidades hacen materialmente imposible elevar la asignación del salario hasta aquel límite, que podemos llamar integral. Citaremos, para facilitar la comprensión de estas distinciones, solamente un ejemplo: el patrón que, habiendo escasez de trabajo, admite en su empresa más trabajadores de los que en realidad necesita, con el objeto exclusivo de que éstos no perezcan de miseria, y sin que por ello él o su empresa se enriquezcan o favorezcan indebidamente, no estará obligado a pagar ese salario integral aun cuando ciertamente deberá satisfacerlo en la proporción más equitativa y aun añadir aquello que dentro de sus posibilidades le indique su espíritu de caridad. "La misma justicia demanda -son palabras de Pío XI-, que con el común sentir y querer, en cuanto es posible, los salarios se regulen de manera que los más puedan emplear su trabajo y obtener los bienes convenientes para el sostenimiento de la vida”. Palabras éstas que implícitamente están declarando, además, que pecan contra la justicia social aquellos patrones o poseedores de riquezas que, desconociendo las funciones sociales de la riqueza, se niegan a emprender obras útiles o necesarias, con las cuales podrían dar trabajo a muchos obreros, sobre todo en los tiempos de escasez de trabajo.

Dentro de las limitaciones de una instrucción pastoral no es posible aducir muchos ejemplos ni explanar en todos sus detalles las múltiples cuestiones relacionadas con la justicia del salario. Bástenos indicar, para completar los conceptos ya expuestos, que en no pocos casos la injusticia o insuficiencia del salario no depende directamente del patrón, sino de otras causas, verbigracia, de la competencia desleal e injusta de los industriales y empresarios entre sí, y de los manejos de los especuladores, y por ende, en tales circunstancias la responsabilidad por la injusticia o insuficiencia de los salarios recae sobre tales empresarios y tales especuladores. Unos y otros, sobre todo los segundos, bien merecen el nombre de enemigos de la sociedad y justo es que sobre ellos recaigan las más severas sanciones sociales. Dígase lo mismo y en iguales términos, de aquellos trabajadores o gremios de trabajadores que establecen entre sí competencias de trabajo o de salarios, con la mira de perjudicar a sus propios compañeros de clase, o a las industrias y empresas que no son de su simpatía.

La ciencia económica ha demostrado, y lo confirma ampliamente la experiencia, que es muy difícil y a veces imposible determinar en concreto la suma o cantidad de1 salario justo, debido a la multiplicidad de factores que es preciso considerar para llegar a aquella determinación, factores muchos de ellos, que están fuera del control absoluto de los dirigentes sociales y del mismo Estado. Pero lo que no alcanza la ciencia económica y no pueden los dirigentes sociales, puede lograrlo otra virtud que entra a la parte junto con la justicia en la regulación de las relaciones sociales, la virtud de la caridad. Escribe Pío XI:

"Cómo se engañan los reformadores incautos que desprecian soberbiamente la ley de la caridad, cuidando sólo de hacer observar la justicia conmutativa. Ciertamente la caridad no debe considerarse como una sustitución de los deberes de la justicia que injustamente dejan de cumplirse. Pero aun suponiendo que cada uno de los hombres obtenga todo aquello a que tiene derecho, siempre queda para lo caridad un campo dilatadísimo. "

Haya caridad en los patrones, esto es, haya en ellos conciencia cristiana: convénzanse los ricos de que la riqueza tiene una función social que cumplir, misión de justicia y de caridad, y aun de generosidad, y se habrán salvado los escollos con que tropieza la ciencia de la economía para tasar la suma legítima del salario. Suma legítima del salario, dijimos, porque la tesis católica no se contenta de suyo con el salario que hemos llamado mínimo, sino que consecuente con sus principios sostiene que el salario debería ser tal que a más de permitir al obrero sustentarse y sustentar a su familia, debería facilitarle el ahorro y aun darle la posibilidad de que se convierta él mismo en propietario. Haya apreciación sobrenatural de las funciones de la riqueza y de los nobles e indispensables oficios del trabajo, y habrán desaparecido o cuando menos se habrán mitigado las oposiciones y contradicciones entre el capital y el trabajo.

El Señor Presidente de la República en su mensaje inaugural habló de sus anhelos de apoyar y propulsar las reivindicaciones de la justicia social entre sus gobernados, con base en las encíclicas de los Pontífices. Porque "el Estado -escribía León XIII y lo recordaba Pío XI-, no puede limitarse a ser un mero guardián del derecho y el recto orden, sino que debe trabajar con todo empeño para que conforme a la naturaleza y a lo institución del Estado, florezca por medio de las leyes y de las instituciones, la prosperidad tanto de la comunidad cuanto de los particulares". Ambos Pontífices enseñaron, además, que la intervención del Estado en la cuestión social es legítima y obligatoria y necesaria, dentro de límites determinados. Pío XII, en su discurso tantas veces citado, dijo que:

". . .en lo estructura general del trabajo, para estimular el desarrollo sano y responsable de todas las energías físicas y

Espirituales, de los individuos y de sus organizaciones libres, se ofrece a lo autoridad civil un amplio campo de acción en que ella interviene con sus actividades integradoras y coordinadoras. "

Debe el estado, en estas materias, escribe Pío XI, "dirigir, vigilar, urgir y castigar, según los casos y lo necesidad lo exijan. "

Hacemos mención expresamente de estas funciones, derechos y deberes del Estado en materias sociales, y desde luego en la regulación de los salarios y en la distribución del trabajo, para recordar una vez más, que según las enseñanzas de los Pontífices, y de acuerdo con la diversidad de funciones que por voluntad de Dios corresponde a ambas sociedades, la eclesiástica y la civil, las funciones y deberes del Estado comienzan ahí donde terminan las de la Iglesia, y para observar que las leyes sobre materias sociales que da el Estado -en el supuesto desde luego que sean justas, y serán justas si no son excesivas-, obligan en conciencia y su quebrantamiento constituye un pecado que no pocos casos puede traer consigo una de las obligaciones esenciales de la justicia conmutativa, la restitución.

Pasemos ahora a hacer algunas consideraciones de orden práctico en relación con esta ardua y delicada cuestión del salario justo.

El salario es el índice más seguro para juzgar de la justicia o de la injusticia social predominante en una nación. En general se aprecia la mayor o menor injusticia de los salarios, por la mayor o menor suma de bienestar material y aun espiritual de que gozan las clases sociales que viven del salario, y que en todas partes constituyen el núcleo mayor de la sociedad.

Es evidente que sin una formación especializada en las ciencias sociales, y sin el estudio de los complicados datos estadísticos de la economía social e internacional y de los índices más seguros de producción, distribución y consumo de los productos y del costo medio de la vida, variables según los tiempos y las regiones y las personas, no es posible que dicha apreciación sea aproximativamente exacta. Quede reservado a otros, en particular a los organismos responsables del Estado, formular aquellos datos y disponer estos índices y determinar con la máxima probabilidad la justicia o injusticia de los salarios que reciben nuestros trabajadores, que esa no es función nuestra. Pero aun sin tener a mano tales datos e índices, podemos emitir una opinión, que más bien quiere ser apreciación de conjunto, como la puede emitir cualquiera persona discreta, acerca del bienestar económico de que suele gozar la generalidad de nuestros trabajadores, y por consiguiente acerca de la justicia del salario que reciben.

Queremos que nuestra opinión sea respuesta a las siguientes cuestiones: ¿Se observan, en general, y con una relativa aproximación, las reglas pontificias acerca del salario justo, en nuestra patria? ¿A qué distancia están los salarios medios de nuestros trabajadores de aquel mínimum de justicia sin el cual no es posible que haya rectitud de conciencia y espíritu de justicia en nuestros patrones? ¿Se justifica que hayamos escogido como tema de esta instrucción pastoral, la justicia del salario, entre tantas otras lecciones sociales cOmo podríamos haber entresacado de las encíclicas pontificias?

A juzgar por la miseria que reina en las viviendas de la mayor parte de los trabajadores, por la pobreza e insuficiencia de sus vestidos, por lo escaso y pobre de su nutrición y de la de sus hijos, y por otros detalles que saltan a la vista, esos salarios no son suficientes en la gran mayoría de los casos, especialmente entre los trabajadores rurales. Hemos dicho que no son suficientes. Expresamente hemos evitado el calificarlos de injustos, porque son muchos los factores que es preciso considerar antes de determinar en concreto si hay injusticia en la asignación de los salarios y quién es el culpable, si lo hay, de tal injusticia.

Resulta mayor esa insuficiencia de los salarios medios de nuestros trabajadores si tenemos presente que la gran mayoría de éstos no puede materialmente ahorrar ninguna cosa para los tiempos malos, para asegurarse el sustento en la vejez y en los casos de enfermedad, y para asegurar un relativo bienestar a los suyos después de su muerte. Otras veces la insuficiencia de los salarios obedece a otras causas, nominalmente a la carencia de trabajo contante, por manera que aun siendo más o menos altos los salarios en algunas épocas del año, son insuficientes en sentido absoluto, por cuanto en pocas semanas o meses de paro o cesación del trabajo se ven obligados los trabajadores a consumir totalmente los escasos excedentes que acaso hayan acumulado en los tiempos bonancibles.

Con tales antecedentes no es de extrañar que sólo mediante un extraordinario caudal de paciencia y una buena dosis de conformidad, puedan los trabajadores resignarse a las durezas de su suerte. Bueno es que se predique resignación y honradez al trabajador, y con gusto lo hace la Iglesia, porque esa es su misión, pero también es necesario que se predique justicia y caridad a los patrones y se les diga con cristiana sinceridad -a aquellos se entiende que entran en la categoría de injustos- que si hasta aquí han cometido injusticia con sus trabajadores, cumplan en adelante la justicia con ellos; que si hasta aquí han sido egoístas y duros de corazón, en adelante sean generosos y caritativos; que si hasta aquí se han considerado como clase. privilegiada y a sus bienes y riquezas exclusivamente como medio de satisfacer sus placeres y no como objeto sobre el cual recae una gravísima responsabilidad social, comprendan en adelante que en la comunidad cristiana no hay ni puede haber clases privilegiadas, es decir, exentas de cumplir sus deberes sociales, con detrimento de los demás miembros de la comunidad. A ello se llegará, ordenadamente, mediante la formación de la conciencia de los patrones acerca de las responsabilidades sociales del capital.

Palabras son éstas que por lo desacostumbradas en las instrucciones pastorales, podrán ser tildadas de demagógicas por el egoísmo de muchos, pero que en verdad las encontramos casi literalmente consignadas en las encíclicas pontificias, que ciertamente no pecan de imprudentes ni pueden ser calificadas de subversivas.

Desde luego cometen injusticia o aumentan la insuficiencia de los salarios, los trabajadores que, o emplean en vicios lo que estaba destinado al mantenimiento de los suyos, o gastan en lujo o en cosas inútiles o menos útiles el fruto de su trabajo. Juzgamos, por muchas indicaciones, que ésta es otra de las graves y más generalizadas causas de la insuficiencia del salario de nuestros trabajadores, y del estado de miseria en que vegetan muchas familias. Y así como se habla de injusticia en el pago de los salarios, bien puede hablarse de injusticia en el gasto de los mismos; injusticia contra sí mismos y contra sus familias de parte de los trabajadores, y también injusticia contra la sociedad, porque también el salario tiene una misión social que cumplir.

Ya se ha dicho que el Estado tiene derechos y obligaciones perentorias con respecto a las cuestiones sociales, y muy particularmente con respecto al salario de los trae bajadores. Las leyes justas que dicta sobre tales materias, obligan en conciencia.

Ahora bien, entre nosotros ya se han hecho las primeras tentativas, y con satisfactorios resultados, y en la actualidad se preparan nuevos proyectos de leyes sociales que merecen toda la simpatía y el apoyo de la Iglesia, para intervenir en la asignación de los salarios o en el complemento de los mismos: el seguro social. Se ha fijado ya lo que se llama salario mínimo, que de ninguna manera debe confundirse con lo que, al hablar de las condiciones de justicia del salario, hemos llamado de igual manera. El Estado ha fijado la cantidad mínima que deben pagar los patrones a sus trabajadores so pena de incurrir en determinadas sanciones legales. Esta ley obliga en conciencia como norma mínima del salario, y no dudamos en afirmar que el patrón que no la cumpliera está obligado a la restitución. De mucha trascendencia son así mismo las leyes sobre accidentes de trabajo.

Existen otras disposiciones legales que tienden, siquiera indirectamente, a suplir la deficiencia del salario de los trabajadores. Tales son muchas leyes sobre beneficencia pública, verbigracia las que determinan el llamado impuesto de beneficencia, destinado al mantenimiento de los hospitales. Y decimos que esta disposición legal suple o complementa los salarios de los trabajadores, porque de suyo el salario debería alcanzar al trabajador en circunstancias normales para atender su salud y la de los suyos, pero como en verdad no le alcanza para ello, el Estado le abre gratuitamente las puertas de los hospitales y de las instituciones de beneficencia, que sostiene mediante determinados impuestos sobre la riqueza. Por la nobleza de los fines de estas disposiciones legales creemos igualmente que, salvo casos excepcionales, no pueden éstas considerarse como simples leyes fiscales, sino como justa contribución de la riqueza y de los ricos al bienestar de la comunidad en que viven y que les asegura su propia tranquilidad.

Concurren con el Estado a suplir o complementar la insuficiencia de los salarios, la caridad y la beneficencia privada y la organizada por las instituciones religiosas, entre las cuales citamos con honor las Sociedades de San Vicente de Paúl, ya fundadas en muchas parroquias y que desearíamos ver establecidas en todas ellas. Y ¿por qué no habría de contribuir en la medida de sus posibilidades, la caridad privada que podríamos llamar patronal, es decir la de los patrones como tales? ¡Qué hermoso y al mismo tiempo qué justo sería que los grandes capitalistas dejaran en su testamento legados especiales en favor de sus trabajadores, particularmente en favor de aquellos que durante años y años les han ayudado a amasar o a aumentar sus capitales! Sería éste, quizá, hasta un descargo de conciencia por lo que de insuficiencia o de injusticia hubiese podido haber. Son un llamamiento a la justicia y a la caridad, a la concordia ya la unión de las clases sociales, a la conciencia y al deber cristiano.

Terminaremos esta nuestra institución pastoral con la expresión del deseo muy vivo de que el estudio de las encíclicas provoque entre nosotros "el nacimiento de un vivísimo y fortísimo sentido socia/", pero sentido social cristiano; y con estas palabras tomadas del discurso de Su Santidad Pío XII, del 1o del corriente, que dirigimos por igual a los sacerdotes y a los fieles:

"Mantened encendida la noble llama del espíritu de hermandad social que hace cincuenta años de nuevo inflamó el corazón de vuestros padres con la brillante antorcha de las palabras de León XIII; no dejéis ni permitáis que le falte su alimento. Hacedla resplandecer con vuestro homenaje y no consintáis que se apague por causa de una indigna, tímida y cauta inacción, ante las necesidades de vuestros hermanos indigentes, o que sea ahogada por el polvo y la suciedad y luego vencida por los torbellinos del espíritu anticristiano o acristiano. "

Formulamos asimismo el voto al Señor de que apresure los tiempos en que nuestra naciente y todavía endeble organización de la Acción Católica, pueda desarrollarse con toda pujanza en todas nuestras parroquias, para que ponga su mano también sobre este arado, la dirección del movimiento social cristiano en nuestra República. En ella, en la Acción Católica, tenemos puesta nuestra confianza, y nuestra esperanza no fallará.

La presente carta pastoral será leída en todas las iglesias y oratorios de nuestra

Arquidiócesis, en la forma acostumbrada.

A todos os enviamos, con afecto profundo, nuestra bendición pastoral. En el

Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Dada en el Palacio Arzobispal de San José, a los veintinueve días de Junio de mil novecientos cuarenta y uno, festividad de los Apóstoles San Pedro y San Pablo.

VICTOR,

Arzobispo de San José de C. R.

Por mandato de S. E. Revma.

MIGUEL CHAVERRI R., Pbro. Canónigo Secretario.

CARTA PASTORAL DE MONSEÑOR DR. VICTOR SANABRIA MARTINEZ CON MOTIVO DE LA TOMA DE POSESION DE SU CARGO, 28 de Abril de 1940

CARTA PASTORAL DE MONSEÑOR DR. VICTOR SANABRIA MARTINEZ CON MOTIVO DE LA TOMA DE POSESION DE SU CARGO


28 de Abril de 1940


(párrafos)

¡La cuestión social! Palabra, hoy, de trascendental valor. ¿Qué ha hecho la Iglesia por resolverla y qué puede hacer al presente en ese mismo sentido? ¿Qué podemos hacer nosotros los sacerdotes en nuestra patria, en ejercicio de la representación moral y espiritual de que estamos investido s, en favor de la cuestión social? He aquí dos preguntas cuya contestación interesa por igual a la conciencia católica y a la conciencia no católica.

A la primera de ellas, a saber, qué ha hecho la Iglesia Católica, qué han hecho los Romanos Pontífices, para resolver este problema, tan antiguo como la misma humanidad, contestan con soberana autoridad León XIII en la Encíclica "Rerum Novarum" (15 de mayo de 1891) y Pío XI en la Encíclica "Quadragesimo Anno" (15 de mayo de 1931 ).

Toda sociedad que se precia de cristiana encontrará la solución última y perfectamente acabada de tan candente problema, en la observancia de la ley evangélica, que es la norma de supremo equilibrio de los diversos factores sociales que entran a la parte en la solución del problema, pesados en la balanza de la justicia y de la caridad. Desgraciadamente la flaqueza de voluntad de los hombres y su renuencia a adaptarse a aquellos principios, por una parte, y la pugna y oposición sistemática de intereses económicos egoístas con aquellas justísimas reglas, por otra, han desplazado siempre y desplazan ahora el problema hacia otros campos, económicos, políticos y sociales, no siempre al alcance de la autoridad religiosa. La doctrina social del cristianismo, cuyo conocimiento, siquiera en sus rasgos fundamentales, no escapa a la comprensión media de todas las clases sociales, nos impone a nosotros, ministros de la Iglesia, el deber de estimular la voluntad colectiva e individual a acomodarse a ella, persuadiendo a los unos, a los sinceramente creyentes, de que es ineludible exigencia de su fe, a los otros de que por equidad humana cuando menos deben hacer honor a aquellas reglas, y a todos de que la cuestión social es de tal naturaleza y urgencia que si no la resolvemos en el orden, en la justicia y en la caridad se comprometerá en el desorden y en la injusticia y en la violencia. Este es, ante todo, el terreno en que hemos de cooperar nosotros a la solución del problema social. Los otros, principalmente los económicos y los políticos, están por lo general fuera de nuestra esfera de influencia. Pídasenos, por consiguiente, el cumplimiento de nuestro deber -que a ello tiene perfecto derecho la sociedad a cuyo servicio estamos-, en aquello que cae en primer término dentro del ámbito de nuestra misión. Más -aún, cualquiera que fuere la autoridad que eventualmente llegáramos a poseer en cualquier otra esfera de acción, habríamos de ponerla igualmente y sin reservas a disposición de quienes como nosotros, aunque situados en otros campos, están sinceramente interesados en la solución de la cuestión social. Damos lo que tenemos, que en verdad sería suficiente para él efecto intentado, si se quisiera oímos, con sinceridad. Somos una fuerza para la solución del problema social, pero no somos toda la fuerza que para el caso se requiere. No pocas veces esa fuerza es nula porque nuestra voz es voz que clama en el desierto. Creemos que nadie podrá enrostrar de buena fe a la Iglesia, que no acuerpa con su autoridad cuantas medidas y reformas sanas imponen o impongan quienes para ello tienen el poder, los medios y la fuerza de compulsión social en el terreno político, económico y social, para resolver esta cuestión.

"Cuestión tan grave -decía León XIII hablando de la cuestión social (Enc."Rerum Novarum"), demanda la cooperación y esfuerzos de otros, es a saber, de los príncipes y cabezas de los Estados, de los amos y de los ricos, y de los mismos proletarios': Y confirmando lo que antes había escrito, a saber, que la cuestión social "es una en la cual no puede esperarse ninguna solución aceptable, sino en la intervención de la Religión y de la Iglesia", asegura que "serán vanos cuantos esfuerzos hagan los hombres si desatienden a la Iglesia. "

Esta intervención de la Iglesia, por lo que a nosotros se refiere, y habida cuenta de las limitaciones que nos imponen las circunstancias, debe partir de las consideraciones siguientes:

Ningún país, ningún estado, aun entre los de instituciones sociales más adelantadas, ha logrado imponer en toda su amplitud la solución de la Iglesia, no por incompetencia o deficiencia del contenido práctico de ésta, sino por la rebeldía, a veces organizada, de los diversos factores que han de entrar a la parte en ella, a someterse con docilidad y de buena fe a las conclusiones que de ella se desprenden. Esta consideración, exacta en su fondo y no menos exacta en sus detalles, nos obliga a ser modestos en la estimación de nuestras fuerzas, sin que esto signifique en forma alguna que hemos de ser débiles ni mucho menos remisos en la proposición de los medios que reconocen por autora a la Iglesia.

En segundo lugar, no hemos de perder de vista que vivimos en una comunidad de formación civil, política y económica reciente y por tanto, poco desarrollada, y que nuestros problemas sociales no son exactamente idénticos a los de otras naciones. Por consiguiente, no hemos de extrañar que no hayamos acertado todavía a resolver en toda su complejidad una cuestión que pueblos de más avanzada cultura social, de más perfecta organización agrícola e industrial, no han logrado resolver. La misma Santa Sede no logró resolver el problema en los Estados Pontificios cuando los poseyó, ni creemos que lo podría lograr ahora si los poseyera en la actualidad, sin que ello implique imperfección o insuficiencia de la doctrina social por ella proclamada, porque se lucha contra la oposición irracional de ciertos elementos sociales que no pueden ser reducidos con la simple persuasión moral y religiosa, y porque existen otros factores sociales, económicos y políticos de orden interno y de orden externo, los de interdependencia de los estados, que escapan al control ordinario de los dirigentes sociales.

Todo radicalismo en materias sociales es pernicioso. Mientras las ideas socialistas, y sobre todo las comunistas, no tuvieron oportunidad de hacer la experiencia de sus doctrinas utópicas en ninguna comunidad civil o política organizada, pudieron los doctrinarios socialistas y comunistas soñar en que sus soluciones eran perfectas. Hoy, después de no pocas experiencias, especialmente la rusa, habrán llegado a la convicción práctica de que sus teorías son las menos indicadas para intentar siquiera la solución de los problemas sociales.

Queda solamente el camino de la solución paulatina, ordenada, pero constante, en que intervengan la Iglesia, el Estado y las partes interesadas, movidos todos por una decidida voluntad de perfeccionamiento humano. Preparar el terreno, disponer los ánimos en favor de aquella solución, esa es la misión de la Iglesia. El Estado, en cuyas manos está la compulsión física, tiene bien definida su misión en la naturaleza misma de los fines para los que ha sido constituido. Ya se entiende que esa acción del Estado debe liberarse de aquellos excesos con razón condenados por Su Santidad Pío XII en su primera Encíclica, y que ni ha de destruir al individuo ni anularlo en favor de la comunidad, que eso sería abierta e insoportable tiranía, ni ha de exaltar en forma desmedida los derechos del individuo en perjuicio de los de la comunidad, que eso sería anarquía y libertinaje.

Hay, dichosamente, en nuestra patria voluntad sincera de parte de la Iglesia y de parte del Estado, para adelantar en la solución ordenada del problema social, voluntad que con mayor o menor perfección alientan asimismo nuestros partidos políticos. La legislación en materias sociales ha progresado bastante. No vamos a reseñar siquiera las varias leyes de carácter social o conexo con las sociales, que se han dictado en los últimos años. Y he aquí un fenómeno digno de observación: no se han producido reacciones organizadas en contra de aquella legislación, índice evidente de que los elementos sociales afectados por esas reformas están animados de no poca sinceridad y comprensión social. No hemos llegado a la perfección ni en cuanto a las leyes sociales ni en cuanto a la aplicación de las mismas, pero marchamos con paso seguro en el camino de las soluciones definitivas. En el estado actual de nuestra evolución política, social y económica esto significa mucho.

Hace algunos años apareció en nuestra arena política la organización comunista, que desgraciadamente ha reclutado bastantes adeptos, no obstante la impugnación sistemática que de los principios comunistas ha hecho la Iglesia en su predicación. Su obra ha sido eminentemente política, y en cuanto dice relación al mejoramiento social efectivo, negativa. Han enarbolado, como señuelo, la bandera de las reivindicaciones sociales, exponiendo al pueblo las consabidas soluciones simplistas patrocinadas por el comunismo doctrinario, que, puestas en práctica en Rusia, el gran taller de experiencias sociales del comunismo, con todos los recursos sociales y económicos de una gran nación, han dado los tristes resultados por todos conocidos. La experiencia rusa es el supremo y rotundo fracaso de las teorías comunistas. La Iglesia combatirá siempre, por motivos religiosos y sociales, por convicción y sin descanso, al comunismo. Serán los políticos los que lo combatan y venzan en el terreno político.

Razones políticas y de diversas órdenes, en todo caso razones que hasta ahora han encontrado una justificación histórica relativa en las estrecheces y orientaciones del ambiente, explican que no hayan aparecido todavía en nuestro medio agrupaciones políticas que inspirándose integralmente en los criterios de las Encíclicas "Rerum Novarum" y "Quodragesimo Anno ", esto es, en los criterios de la Iglesia, hayan incorporado a su programa o ideología política, con carácter definitivamente concreto, declaraciones programáticas específicas en relación con la cuestión social. No es la Iglesia, no somos nosotros, los llamados a proponer ni mucho menos a impulsar la formación de esas agrupaciones en cuanto son políticas, pero si llegaran a constituirse con esa orientación específica, no habría razón alguna para que los católicos, sin gravamen alguno de conciencia formaran en sus más. En materias estrictamente políticas no tenemos ningún derecho a intervenir, que ese campo es vedado para nosotros, pero no creemos apartamos un punto de la línea de conducta a que estamos ligados en virtud de nuestro ministerio, al pensar que determinadas inquietudes de orden social, que se han acogido a los campamentos comunistas, podrían encontrar su interpretación sana y ortodoxa, y por tanto católica, en otras agrupaciones políticas, nuevas o antiguas, que con desinterés y con la máxima sinceridad quisieran expresar más concretamente sus aspiraciones de mejoramiento social en programas bien definidos.

Resumiendo cuanto hemos venido diciendo acerca de la cuestión social y acerca de su solución, afirmamos que la Iglesia favorece con decisión toda idea sana de mejoramiento social, y que hace y hará de su parte cuanto permitan las circunstancias para impulsar y propulsar ese mejoramiento.

La respuesta de Víctor Manuel Sanabria a Don Manuel Mora Jefe del Partido "Vanguardia Popular

LA RESPUESTA




San José, 14 de junio de 1943

Señor Lic. Don Manuel Mora V..

Jefe del Partido "Vanguardia Popular" Pte.

Muy señor mío:

He leído con suma atención tanto su carta de esta fecha como los documentos que la acompañaban, es decir, el "Manifiesto" y el "programa del Partido Vanguardia Popular", y después de maduro examen y serena reflexión, y con el acuerdo del Excmo. Señor Obispo de Alajuela, Mons. Juan Vicente Solís, y del Excmo. Señor Obispo de Limón, Monse. Juan Odendhal, y previa consulta a todas las personas a las que por derecho debo consultar en los asuntos y negocios de mayor importancia, y con plena conciencia de las responsabilidades que sobre mí pesan como arzobispo de San José, paso a contestar la interpelación de Ud.

La posición invariable que en mi condición de arzobispo debo mantener en relación con los problemas y cuestiones sociales en general quedó bien definida en los párrafos de mi Carta Pastoral del 28 de abril de 1940, dedicados a la cuestión social, y, sobre todo, bien definida está en las Encíclicas Pontificias Rerum Novarum y Quadragesimo Anno, y, principalmente, por lo que se refiere al caso concreto propuesto por Ud., en los números 102-113 de la edición de la segunda de las Encíclicas citadas patrocinada por el Centro Arquidiocesano de Acción Católica en 1941.

Apelo, además, a la autoridad de aquellos documentos, para dejar constancia de antemano, de que todas y cada una de las palabras de la presente, quedan desde ahora sometidas a la autoridad superior y juicio supremo de la Santa Sede, cual cumple a un obispo católico que se pronuncia en forma concreta sobre asuntos y negocios que en su forma o en su fondo no están taxativamente contemplados en las normas y doctrinas generales de la misma Santa Sede.



La Conferencia Nacional del Partido Comunista de Costa Rica ha tomado la resolución, que consta en el citado "Manifiesto ", de disolver el Partido, por los motivos y razones que allí se expresan, y fundar una nueva agrupación, con base en la realidad nacional costarricense, realidad nacional que en substancia se contempla en la política social del Señor Presidente de la República, Dr. don Rafael Ángel Calderón Guardia "basada en las encíclicas papa/es", y que como tal política social "enmarca sin contradicciones en los planes del Partido para la reorganización económico-social del país. "

No es del caso exponer en este lugar las razones que en el pasado movieron a la autoridad eclesiástica a asumir la actitud, bien conocida, que asumió, con respecto al Partido ya disuelto, a pesar de que los anhelos y tendencias de aquella agrupación y los de los personeros de la Iglesia coincidían, parcialmente cuando menos, en más de un aspecto. Diferencias positivas de principios, sobre todo, y, en parte, diferencias de métodos, mantenían inconciliables las posiciones fundamentales de los unos y de los otros.

Tengo más de una razón para pensar que Ud., y también los suyos, al dar el paso que han dado, y cuya trascendencia nacional y aun internacional es bien evidente, han procedido con sentido realista, es verdad, pero al mismo tiempo movidos por la buena fe. Si otra fuera mi convicción, otra tendría que ser la respuesta que habría de dar a la interpelación de Ud.

Pienso, pues, que en la nueva situación creada por aquel acto de la Conferencia Nacional del partido disuelto, quedan solucionados, siquiera en su forma mínima, los conflictos de conciencia que para los católicos resultaban de la situación anterior. Juzgo que en el programa del nuevo Partido o agrupación, tal como consta en el texto que he recibido, de una parte quedan a salvo, aunque en forma meramente negativa, las doctrinas fundamentales que informan la conciencia católica, y positivamente nada hay que desnaturalice o desmejore aquellas doctrinas fundamentales, y por consiguiente sin gravamen de conciencia pueden los católicos que así lo deseen, suscribirlo e ingresar en la nueva agrupación. Estimo que habría de variar o modificar mi opinión y juicio solamente en el caso de que la nueva agrupación, en el desarrollo de sus actividades, adoptara o siguiera métodos que estén en contradicción con los principios católicos tantas veces mencionados.

El Programa contiene postulados económicos y políticos, algunos de éstos relacionados con el orden internacional americano, sobre los cuales bien puede haber diversidad de opiniones, pero tal como los expresa el Programa no parecen exigir que sobre ellos emita una opinión concreta, porque de suyo no rozan principios de conciencia.

Por la naturaleza misma de las cuestiones tratadas en la presente, bien puede afirmarse que esta mi carta contiene orientaciones para la conciencia católica en relación con la nueva agrupación. Me parece del caso, por consiguiente, ampliar algunos conceptos. Afirmé antes que el Programa tantas veces referido viene a resolver, siquiera en forma mínima, determinados conflictos de conciencia. Empeño de los católicos que lleguen a militar en la nueva agrupación ha de ser el mantener, en primer término, y con libertad que nadie coaccione, directa ni indirectamente, ese mínimum de condiciones, y en segundo lugar el de adelantar, con igual libertad, el Programa de la agrupación en los otros aspectos, los positivos, de acuerdo con las normas y principios que sobre la materia rigen su conciencia. En todo caso creo indispensable que los católicos que militen en la nueva agrupación procuren imprimir ese sello positivo católico a las actuaciones, de cualquier género, que lleguen a corresponderles dentro de esa agrupación.

He de aprovechar esta oportunidad para decir que la autoridad eclesiástica está y estará empeñada en que se formen agrupaciones obreras católicas y en ampliar las ya existentes, no precisamente para debilitar el movimiento de cohesión de las clases trabajadoras, sino para encauzar ese movimiento, en la forma que mejor convenga, dentro de los amplísimos derroteros marcados por las enseñanzas pontificias. Con respecto a las relaciones que entre unas y otras agrupaciones puedan o deban existir, me parece que bien puede regir el mismo criterio, y en los mismos términos, que anteriormente consigné en relación con los católicos que ingresen a la nueva agrupación.

La nueva agrupación es también un partido político. Expresamente declaro que no hay razón para que juzgue de las derivaciones de carácter político que pueda tener el nuevo movimiento, y que, con la misma libertad estaría dispuesto a contestar cualquier interpelación que los partidos políticos tuvieran que hacerme en relación con principios de doctrina y de conciencia católicos. En otras palabras, y porque debo dejar muy a salvo la posición de la Iglesia en esta materia, ni la contestación de esta interpelación ni las interpelaciones que en cualquier tiempo tuviera que contestar, son ni pueden ser en provecho ni en perjuicio políticos de nadie.

Comprendo el valor histórico que quizá pueden tener los acontecimientos que dieron origen a la interpelación de Ud., y por mi parte pido a Dios, como obispo y como costarricense, que siempre podamos y sepamos resolver todos nuestros conflictos y problemas, con la mira puesta en el interés legítimo de la nación, a la que Dios proteja y bendiga siempre.

Con las protestas de mi consideración muy distinguida y obsecuente, tengo el honor de suscribirme de Ud. muy atto. S.S.,

Víctor Sanabria M. Arzobispo de San José.

P.S.- Contesto por aparte en este Post Scriptum la segunda parte de la interpelación de Ud., por cuanto en declaraciones formales, y casi diría oficiales, como ésta, me vería obligado a emplear un lenguaje muy sobrio, que hasta cierto punto podría ceder en perjuicio de la necesaria claridad de los conceptos, y por consiguiente he de apelar a una cita. La entresaco de la "Revista Javeriana", órgano de la Pontificia Universidad Javeriana de Colombia, dirigida por los Padres de la Compañía de Jesús (Número 89, de octubre de 1942), de un artículo intitulado "Orientaciones", y cuyo autor es nada menos que el R.P. don Juan María Restrepo Jaramillo S.I., de tan justo renombre entre la intelectualidad católico colombiana. Dice así:

''Para el católico genuino los documentos de la Iglesia que condenan el nazismo, deciden plenamente el problema. Para los católicos puede quizá subsistir alguna duda acerca de que la Iglesia se haya dejado llevar en sus condenaciones, de celo exagerado y haya atribuido al nazismo errores que este sistema realmente no haya defendido. "

Aduce después el P. Restrepo testimonios múltiples y auténticos que vienen a justificar plenamente las condenaciones de la Iglesia, y más adelante agrega:





"Fundados pues en los testimonios más imparciales y verídicos y en los hechos innegables, con absoluta imparcialidad, nos vemos obligados a confesar que la filosofía totalitaria, sobre todo la nazista, es absolutamente pagana e irreconciliablemente incompatible con el cristianismo.

Y tiene este sistema una característica que lo hace más peligroso. Esa propiedad fundada en su misma esencia es la crueldad inexorable con que combate y aniquila toda doctrina, toda institución que se le oponga, aunque sea sólo en el orden ideal. Su esencia intima es ser totalitaria, es decir, absorbente, exclusivista, única; no consiente nada a su lado, ni siquiera en la región del pensamiento. Es distintivo peculiar de la filosofía totalitaria la fuerza bruta aplanadora con que impone sus principios, fuerza bruta que aniquila al individuo, a la familia y a la nación que no se doblega a sus exigencias.

Al meditar tranquilamente sobre la esencia del nacional-socialismo, como católicos y como simples amantes de la verdad, debemos decir que si la doctrina totalitaria triunfa, días negros, muy negros, esperan al cristianismo, ya que el poderío brutal y aniquilador propio de esa filosofía, pretenderá ahogarlo en sangre por ver en el cristianismo un enemigo decidido. Y como la doctrina totalitaria dispone de la organización más poderosa hasta ahora conocida, como tiene tentáculos y raíces y apoyos en todos los raíces, por eso la lucha de esa filosofía, si resultara vencedora, sería la más cruel y despiadada de las padecidas por el cristianismo en su historia dos veces milenaria.

Cierto es que la promesa de Cristo no puede fallar: ¡la Iglesia no sucumbirá! Pero nadie sabe el secreto de Dios y puede ser que el triunfo de la doctrina totalitaria produzca defecciones y ruinas en el catolicismo mayores que las de la misma reforma protestante, que separó de la verdadera Iglesia más de la mitad de Europa, con las nefandas consecuencias de todos conocidas. Desde luego, los males causados ya al catolicismo allí donde con mayor lógica se ha llevado a la práctica la filosofía totalitaria, son extremadamente funestos y han arrancado lágrimas de sangre a la Iglesia, que llora sobre su juventud paganizada, sus instituciones de enseñanza cerradas y sus ministros perseguidos con calumnia y destierro y aun muerte.

El triunfo de la doctrina totalitaria en la contienda actual crearía un gravísimo problema para el cristianismo, del que sólo la promesa divina lograría librarlo: ¡vendría





para la Iglesia una nueva época de catacumbas, más crueles que las romanas!

Pero sea lo que sea del porvenir, el sistema totalitario nazista es un sistema pagano, destructor del cristianismo: ningún cristiano puede ser nazista; ningún cristiano puede simpatizar con el nazismo; tenemos que escoger entre la cruz de Cristo que irradia bondad y sacrificio, y la sombría cruz gamada, símbolo sangriento del nuevo paganismo. "

Hasta aquí la cita del R.P. Restrepo.

V.S.M.

DECLARACIONES DE MONSEÑOR VICTOR SANABRIA MARTINEZ SOBRE SU POSICION FRENTE AL PARTIDO VANGUARDIA POPULAR, 20 de junio de 1943

DECLARACIONES DE MONSEÑOR VICTOR SANABRIA MARTINEZ SOBRE SU POSICION FRENTE AL PARTIDO VANGUARDIA POPULAR




20 de junio de 1943

-Dos personas en estos días han cargado con la responsabilidad gravísima de escribir, cada cual en su propio campo y con los recursos que a la mano tenían, una página de historia. El uno, el Jefe del Partido "Vanguardia Popular", escribió una página de historia político-social. El otro, el Jefe de la Iglesia, escribió una página de historia eclesiástica. Y ambos escribieron una página de historia costarricense.

Al señor Mora lo juzgará la historia; al señor Arzobispo lo juzgará igualmente la historia, pero no por lo que los hombres digan o dejen de decir de él, sino por lo que juzgue y decrete la Santa Sede, a cuya autoridad y juicio quedaron sometidas todas y cada una de las palabras de la carta del 14 del corriente y todos y cada uno de los hechos en ella comentados.

Había formulado el propósito de no acudir a la prensa a defender mis actuaciones, pues que tan claros son los conceptos de mi carta referida, que sólo la mala fe o la ignorancia maliciosa pueden atribuirle otras interpretaciones que aquéllas que naturalmente se derivan del texto y contexto de la misma. Había para ello otra razón, de carácter jerárquico. En la Iglesia no son los fieles ni los sacerdotes los que sentencian a los obispos, que ese es derecho privativo del Romano Pontífice. En verdad no han sido ni son los fieles ni los sacerdotes, los que en esta oportunidad están sentando al Arzobispo en el banquillo de los acusados y le están pidiendo cuenta de algunos de sus actos. Unos y otros, con disciplina que los honra y que honra a la Iglesia, cualesquiera que sean sus aficiones políticas y aun su manera de juzgar determinados detalles de los acontecimientos de estos días, mantienen la línea de conducta que a su conciencia les impone la disciplina jerárquica y con serenidad de espíritu pueden retar, a quienquiera que sea, para que pruebe que en aquella mi carta haya el menor desliz en la doctrina o abandono, aunque fuera sólo parcial, de los deberes que me imponen las funciones de mi cargo. Saben ellos, los sacerdotes y los fieles, lo que en la Iglesia se suele llamar la conciencia episcopal. Confían incondicionalmente en la responsabilidad del jefe espiritual que les ha señalado la Iglesia y convencidos están de que no le mueve ni el interés temporal, ni el afán de lo político, ni la hinchazón de las vanidades. Sus móviles son de orden superior, o sea, para dicho en católico, de orden sobrenatural y sus actos y sus dichos se inspiran en aquel aforismo tan celebrado de San Ignacio de Loyola: "Ad maiorem De gloriam ".

No obstante, razones y motivos, independientes de mi voluntad, me obligan a explicar periodísticamente lo que en mi carta teológicamente dejé explicado. Es aquello que los filósofos llaman las circunstancias de las acciones. Y esto es lo que voy a hacer.

¿Mis intenciones. . .? Transcribiré un párrafo del discurso de Navidad de Su Santidad el Papa Pío XII:

"Siempre movida por motivos religiosos, la Iglesia ha condenado las varias formas del socialismo marxista; y ella las condena hoy, porque es su permanente derecho y deber, librar a los hombres de las corrientes del pensamiento y de las influencias que pongan en peligro su eterna salvación. Pero la Iglesia no puede ignorar o tolerar el hecho de que el trabajador en sus esfuerzos por mejorar su condición, se estrella ante una maquinaria que está no sólo en contradicción con la naturaleza, sino también en oposición con el plan de Dios y con los propósitos que El tuvo al crear los bienes de la tierra. A pesar del hecho de que los caminos que ellos siguieron eran y son falsos y condenables, qué hombres y en especial qué sacerdote y qué cristiano, podrá permanecer sordo ante el clamor que se levanta desde lo profundo y clama por la justicia y el espíritu de fraternal colaboración, en un mundo regido por un Dios justo? Un silencio tal sería culpable y no hallaría excusa ante Dios; y se opondría además a las enseñanzas del Apóstol, quien al mismo tiempo que inculca la necesidad de la resolución en la lucha contra el error, reconoce también que nosotros debemos estar llenos de compasión para los que yerran y abiertos a la comprensión de sus aspiraciones, esperanzas y motivos. "

¿Los hechos reales. . .? Son los siguientes: Había en Costa Rica un partido llamado "Partido Comunista", que tenía un jefe y tenía un programa. En éste, según afirma el jefe una y otra vez en sus discursos y escritos, y lo demuestra objetivamente con documentos que merecen absoluta fe, nada se contiene que en el orden religioso positivo, se oponga a la conciencia católica. Pensaba el señor Mora que en el pasado se había procedido con él y con su partido, con notoria injusticia, aplicándoles la Iglesia un rasero más estrecho que a los partidos políticos que existen y han existido siempre en Costa Rica. El partido disuelto tenía un nombre: el de "Partido Comunista", nombre que en Costa Rica y en todas partes la Iglesia tenía que interpretar como un programa, y como un programa síntesis de ideas condenadas por la misma Iglesia, una y otra vez, en documentos oficiales de la mayor solemnidad. Esa síntesis de ideas se refiere a Dios, a la familia, a la propiedad, a la lucha de clases, a los métodos de revolución y de violencia. La Iglesia tomaba y tenía que tomar por su valor facial el programa de que era síntesis el nombre. De aquí aquella diferencia de rasero que el partido disuelto le aplicaba a los demás partidos. Sabemos ahora claramente y sin lugar a duda, por las declaraciones de los programas y de los jefes, que el nombre, "Partido Comunista", no tenía para ellos el valor que le daba la Iglesia. Pero de todas maneras, aun en el supuesto de que en Costa Rica todos hubieran llegado a entender el caso en la forma que aquí se presentaba, el nombre tenía que significar algo. Decide el partido primero disolverse como partido y formar luego una nueva agrupación, que ni en sí misma ni en sus programas contiene cosa alguna de lo que significa la palabra Comunista. Ni pretende imponer la dictadura del proletariado, así lo dijo antenoche el señor Mora, ni es enemigo de la propiedad, ni promueve la lucha de clases, ni persigue la Religión, la Iglesia ni la familia, antes bien proclama enfáticamente en su manifiesto de presentación que respetará los sentimientos religiosos del pueblo, que es un partido "auténticamente costarricense" y que "su único propósito es acabar con la miseria y con la ignorancia en Costa Rica" y pide que con él no se cometa la injusticia de medido con vara más encogida que a los demás partidos políticos. El jefe del nuevo partido no está en peores ni en mejores condiciones, en sentido abstracto y teórico, que los jefes de los demás partidos. Sus propósitos, o mejor dicho, los de su partido, son los de que el país sea gobernado conforme a la constitución y a las leyes, con la misma voluntad cuando menos con que lo quieren los demás partidos, en sentido "netamente costarricense". Más aún. El nuevo partido, en su programa social incorpora un inciso en que dice:

"El Partido Vanguardia Popular apoya la política del Presidente Calderón Guardia, basada en las Encíclicas Papales y declara que esa política enmarca sin contradicciones en los planes del partido para la organización económico-social del país. "

Tengo por católico al señor Presidente de la República, doctor don Rafael Ángel Calderón Guardia. A su legislación social le ha dado la más amplia base católica, tan católica que la misma Santa Sede, en documento oficial, con solemnidad, manifiesta su complacencia por lo que de católico tiene aquella legislación. Viene ahora el Partido "Vanguardia Popular" y se declara, en su programa, que es declaración oficial de principios, de acuerdo con una política social basada en encíclicas pontificias, política que enmarca sin contradicciones en los planes del partido, para el logro de sus fines.

¿Puedo yo condenar el nuevo partido? No lo puedo condenar. Y si lo condenara tendría que dar las razones de esa condenación, y no las tengo. Tengo que declararme "abierto a la comprensión de sus aspiraciones y motivos", para usar palabras de Su Santidad Pío XII.

Pregunto yo: ¿puedo condenar los demás partidos existentes en Costa Rica por el simple hecho de que no sean partidos netamente católicos, es decir, político-religiosos, y decirle a los míos que no ingresen en sus filas? No, me dice mi conciencia. Pues en paridad de condiciones no condeno, porque no puedo condenar el nuevo partido. De condenarlo tendría que condenarlos a todos y en el orden práctico, como en el orden ideal, debe reinar la justicia y la equidad y en todo tiempo la caridad que es comprensión de aspiraciones y motivos.

Eso creía que debía hacer y lo hice. No le estoy diciendo a los católicos que ingresen en este o en aquel partido, que no ingresen en esta o aquella agrupación política. Todos esos partidos están en la línea de mínima en que ahora está el Partido "Vanguardia Popular". Aún más. A los católicos dije que formaran agrupaciones obreras católicas. Y lo dije para los católicos que militan en todos los partidos. Se me dice que eso no será posible. Sí, no será posible que esas agrupaciones católicas degeneren en partidos políticos. Eso sí es verdad. Pero sí podrán existir y existirán como agrupaciones. Y en todo caso existirán no para combatir las agrupaciones obreras que no sean anticatólicas, sino para colaborar con ellas y con todos los hombres de buena voluntad para el bien general de la comunidad costarricense.

Como vemos, había un malentendido fundamental con respecto a la palabra "comunista" y todavía lo hay. Me refiero, desde luego, a Costa Rica. Muchos círculos de personas, para mí muy respetables, temían al comunismo no por lo que éste hiciera o dejara hacer, dijera o dejara de decir, contra la Religión y la Iglesia, sino por lo que hiciera o dejara que pudiera significar un peligro para sus intereses, quizá no siempre legítimos. Esa era para ellos, la esencia del comunismo. Y hasta habrán pensado que León XIII y Pío XI fueron comunistas, que el Arzobispo de San José es comunista, que el Presidente de Costa Rica es comunista. De modo que si el comunismo no dijera ni hiciera aquello que hemos dicho, en contra de los intereses de aquellos círculos de personas, sino que solamente atacara la Religión y la Iglesia, ese comunismo sería para ellos cosa bien inocua, como inocuo les ha parecido el liberalismo que en el orden religioso ha sostenido y sostiene tesis que en substancia allá se van con las del comunismo propiamente tal, en cuanto dice relación con la Iglesia y con la Religión.

Como se comprende, tal no es el punto de vista de la Iglesia. Nuestra misión es predicar y promover la justicia, no tal como la imagina o pueden imaginaria las ambiciones y concupiscencias de los hombres, sino como es ella en verdad. A los obreros les decimos: sean justos. A los patronos les decimos: sean justos. La justicia no es patrimonio de una sola parte, tiene que ser patrimonio común.

Examinemos ahora qué beneficios ha alcanzado el país y en particular la Iglesia, con la nueva situación creada por la disolución del Partido Comunista y por la creación del nuevo partido, y con el programa que es la base de sus actividades. En primer término se han logrado cuando menos los mismos beneficios que el país y la Iglesia alcanzan con los demás partidos.

Hay ahora quienes, por motivos que no tengo derecho a examinar, están tristes porque se ha disuelto el Partido Comunista. Así andamos de lógica. Yo no estoy triste por ello y los mismos que integraron el antiguo partido tampoco lo están, no obstante que algunos de ellos tuvieron que sacrificar lo que yo llamaría el romanticismo de un nombre.

Habrá quienes hubieran deseado que el Arzobispo no contestara la interpelación pública que se le hizo. ¿Qué se habría alcanzado con ello? Por lo menos el ridículo para el Jefe de la Iglesia, que medrosamente callara cuando se le interrogaba públicamente. Y además de eso el estigma de la irresponsabilidad que eso y no otra cosa habría significado el hecho de que la Iglesia, que había venido orientando a los fieles contra el comunismo y combatiendo tenazmente las ideas programas que estaban en la entraña del nombre desaparecido, desorientado positivamente la conciencia católica con aquel silencio. No entiendo así, el cumplir con las responsabilidades de mi cargo. Esa habría sido una posición indigna.



Otros hubieran querido que el Arzobispo le cerrara la puerta de su casa a un hombre, a quien nadie le niega inteligencia, que venía a cambiar impresiones con él sobre puntos de vista trascendentales. Eso no lo hace el Arzobispo. Su casa es la casa de todos. ¿Y por qué he de usar mezquindad, y no he de decir el concepto que me formé del hombre? Lo diré con palabras de Cicerón, quien en carta a Lentulo juzgaba asía Pompeyo: "Quem ego iprum quum audio, eum prorsus libero omni supicione cupiditatis". A mis puertas nunca ha tocado el liberalismo como tal, en busca de conciliaciones positivas. Y sin embargo lo hizo aquel hombre.

Otra ventaja ha sacado la Iglesia. Y ventaja enorme. Por la oposición de principios que existía en la situación anterior, el ambiente era propicio para que incubaran en el partido disuelto los sectarismo s de que nos hablaba el señor Mora en su discurso, y de los que dijo que los desarraigaría en los suyos. La gente que estaba con el antiguo partido, por una u otra razón, se envenenaba contra la Iglesia. Y la base de la Iglesia es el pueblo. Ha sido enviada a los pobres, vive de los pobres. En adelante no habrá dos enemigos que disputan frente a frente, sino dos personas que discuten en ambiente de armonía lo que en realidad convenga al verdadero y legítimo interés económico y social de la nación. Eso se ha alcanzado.

Otro punto hay, que al parecer es el que más interesa en algunos sectores. El punto político. Se dice: "El Arzobispo interviene en política; que se quede en su Iglesia". Bueno es el consejo y está aceptado aún antes de que se le dé. El Arzobispo no se ha pronunciado ni tiene que pronunciarse sobre las derivaciones políticas del nuevo partido. Le preguntaron por la doctrina y contestó sobre la doctrina. Si eso es intervenir en política es inútil que diga que intervendré en esa forma cuantas veces sean necesarias. Aquella teoría tan acariciada por determinado sistema, de que la Iglesia y el sacerdote se mantengan recluidos en la sacristía, no se puede sostener hoy día. Es una doctrina totalitaria como la que más, que no admite, cuando la Iglesia y de la Religión se trata, otras ideas que las suyas propias. Por eso también soy enemigo del totalitarismo.

Bien dijo el señor Mora. El Arzobispo no lo ha engañado. El no ha engañado al Arzobispo. Me explico caritativamente los temores que algunas personas pudieran abrigar con respecto a la sinceridad de propósitos de los militantes del nuevo partido. Todavía quedaba el olor en el vestido. Desapareció ya ese olor. Del futuro sólo Dios puede responder. Respondo del presente. En el presente obré como lo hice, con la conciencia tranquila. En el futuro obraré como lo tenga que hacer, con la conciencia tranquila. Al comunismo como tal, es decir, a las ideas que ese nombre encarna, en cuanto estén condenadas por la Iglesia, tendré que combatirlas siempre. Con mucha lógica el año pasado, cuando dos de los señores candidatos hicieron declaraciones anticomunistas, los felicité por ello. Estaban dentro de la posición de la Iglesia.

¿Queríamos todos, sinceramente, que desapareciera el comunismo en Costa Rica? Pues ha desaparecido sin luchas ni violencias, en una forma netamente costarricense. Para decirlo con palabras célebres del Primer Ministro inglés, Churchill, el antiguo partido, al incorporarse netamente a la vida nacional, ha recobrado su propia alma, aquélla que el nombre le impedía recobrar.

Pero, ¿no hubiera sido mejor que el nuevo partido adoptara de una vez positivamente todos y cada uno de los postulados católicos sociales? Sin duda que sí. Lo mismo diría de todos los partidos de Costa Rica. Eso sería lo mejor. Pero no lo han hecho.



Cada persona en los partidos costarricenses mantiene sus posiciones individuales ideológicas. En ellos hay católicos y no católicos, agnósticos y ebionitas, clerófobos y clorofilos. Lo esencial en el caso es que esos partidos no desmejoren positivamente, cuando menos, los principios sobre que descansa la conciencia católica.

Al comunismo como tal lo he combatido con denuedo, y tendré que combatir sus principio y doctrinas, dondequiera que se encuentren, ya en un partido popular, ya sea en cualquier otro que no lleve ese nombre. Pero a la agrupación "Vanguardia Popular", mientras ella sea lo que dicen los programas y los dirigentes que es, y lo que dirán los hechos que será, no podré combatirla, porque mi misión no es ni impulsar ni combatir partidos políticos como tales partidos políticos.

Hoy en una caricatura se me condecora con la insignia tradicional comunista, la hoz y el martillo, y al señor Mora se le pone lo que vulgarmente se llama la camándula. Pues, bien, ni yo me avergüenzo de lo que he hecho ni tengo que avergonzarme; ni el señor Mora se ha avergonzado ni tiene que avergonzarse por el paso que ha dado. La caricatura muchas veces es el fallo de la estulticia. Y con caricaturas nunca se ha escrito la historia.